A veces me pregunto qué cualidades éticas hacen falta para ser protagonista de una película. La respuesta podría ser esta: pocas. Más bien parece lo contrario. Cuanto menos virtuosa sea la figura central del relato, mejor. Por ejemplo, Alien, el octavo pasajero, que desde su debut en 1979 ha ido encadenando títulos –el último está ahora en cartel– con gran éxito popular. Y quien dice Alien dice esa nutrida cofradía de monstruos varios, psicópatas, asesinos y depredadores que pueblan nuestras pantallas, con el beneplácito de la audiencia, al parecer insatisfecha con los terrores de la realidad y necesitada de la dosis de ficción que se administra en la oscuridad del cine.

En este círculo vicioso donde florecen las guerras, las catástrofes planetarias y las rivalidades entre desalmados, donde el mal agarra al bien por el cuello y se lo aprieta, sobrevive desde hace unas semanas Stefan Zweig: adiós a Europa. Como su título sugiere, este filme refiere el exilio americano del célebre escritor austríaco (Viena, 1881–Petrópolis, 1942), que tuvo en su madurez la habilidad para huir del nazismo, pero no para escapara a la muerte. Por su temática, este filme es pues una rareza en la cartelera. También por el perfil del personaje, que ya en sus primeras escenas se muestra como lo que fue: un intelectual independiente y ético; un cosmopolita, un políglota y una persona de exquisitas maneras, en toda circunstancia. Ya fuera tratando con periodistas, en congresos de escritores, relacionándose con autoridades o sufriendo las inclemencias del exilio, la persecución y la incertidumbre del forzado nomadismo; de vivir hoy bajo el calor del trópico o, al día siguiente, bajo la nieve de Nueva York.

Francamente, no me atrevo a recomendarle esta película, con poca acción y no mucho optimismo, a un espectador que lleve años consumiendo el menú cinematográfico del día: crueldad de primero, violencia de segundo y mucha sangre de postre. Sería como saltar de un régimen de enchilada ardiente a otro de caldito. Pero sí a aquellos que crean que la condición de superhéroe no se basa, exclusivamente, en el músculo, y que puede alcanzarse también con el cerebro.

Es verdad que Zweig, agobiado por la adversidad, acabó suicidándose. El mismo autor que, a propósito de su admirado Cicerón, escribió que “cualquier forma de exilio se convierte para un hombre de espíritu en un estímulo para el recogimiento interior”, sucumbió ante las miserias del trasterramiento impuesto. Pero sus enseñanzas perviven entre quienes le leyeron. E impregnan esta película protagonizada por Josef Hader y dirigida por Maria Schrader. Por ejemplo, en la discreción y la elegancia de su secuencia final, que nos deja entrever, apenas un segundo y no más, los cuerpos de Zweig y su esposa en su último lecho, encuadrados en el espejo de una puerta que se abre. O que se cierra.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de mayo de 2017)