A Donald Trump le cuadra aquello de “miente más que habla”. Su lista de engaños es inabarcable. Tras romper con Marla Maples, dijo que tenía un lío con Carla Bruni (que enseguida le desmintió y le tildó de lunático). Refiriéndose a su rascacielos en la Quinta Avenida de Nueva York, Trump aseguró que tenía 68 plantas, cuando en realidad tiene 58. Aseguró también que el Empire State Building era de su propiedad, pero no lo ha sido ni lo es. En campaña, comentó que la cifra de paro en EE.UU. había llegado al 42%, cuando con Obama cayó del 10% al 5%. A propósito de su toma de posesión frente al Capitolio afirmó que había sido la más concurrida, pese a que las fotos comparativas con la de su antecesor en el 2009 evidenciaban lo contrario. Llegó a sostener incluso que en su transcurso lucía el sol, aunque hay fotos de su esposa Melania protegiéndose con un paraguas…

A Trump le puede la pasión por el embuste. Acaso porque tiene motivos para aventar sus trolas: desde agrandar su figura hasta rebajar la de sus rivales, pasando por maquillar sus errores y sembrar dudas. La publicación Politico  le echó paciencia, revisó todas sus declaraciones de campaña, y vio que sólo el 16% alcanzaban el umbral de la media verdad. El resto, ni eso.

La Casa Blanca no ha cambiado a Trump. Convertido en el hombre más poderoso del mundo –algo que ni él mismo creía posible– sigue prodigando bolas, tanto en persona como por boca de sus colaboradores más próximos, a los que ha inoculado el virus del embuste. El lunes, antes de que se cumpliera un mes de la toma de posesión, tuvo que dimitir Michael Flynn, su consejero de Seguridad Nacional, un cargo de alta responsabilidad que coordina las áreas de defensa, asuntos exteriores, política económica internacional e inteligencia, y que en su día ocuparon Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinski. El motivo de esta caída fue que Flynn mintió al vicepresidente Pence sobre el contenido de sus entrevistas con el embajador de Rusia.

El ciudadano medio puede entender que las mentiras de Flynn “erosionaran la confianza” de Trump y este le despidiera. No en balde, en cualquier tiempo y lugar, la confianza es un pilar de las relaciones personales o profesionales. Por consiguiente, y con mayor razón, el ciudadano medio debería retirar ya mismo su confianza al mentiroso compulsivo Trump.

No ha sido la de Flynn una mentira aislada. Los pretorianos de Trump engañan sin pausa ni empacho. Breitbart News, la web de Steve Bannon, el más influyente consejero del presidente, se abrió camino afirmando cosas como que la píldora anticonceptiva convertía a las mujeres en adefesios. Kellyanne Conway, también asesora de Trump, aficionada a calificar como “hechos alternativos” las mentiras gubernamentales, dijo poco antes de que Flynn fuera fulminado que gozaba de la plena confianza del presidente. Por no hablar de las hazañas verbales de Stephen Miller, otro consejero de Trump, o de su secretario de prensa Sean Spicer… Menuda tropa. Qué miradas tan torvas. Cuando los veo, rodeando a Trump en el despacho oval de la Casa Blanca, pienso en una versión siniestra de la familia Addams. (Y no me refiero a la de John Adams, segundo presidente de EE.UU., sino al filme de frikis con Anjelica Huston y Christina Ricci.)

La situación sería cómica si no fuera grave. Porque además de mentir sin tasa, Trump es narcisista, vengativo, impulsivo, políticamente inexperto e intelectual y emocionalmente inmaduro: la inanidad de sus declaraciones produce sonrojo. Alguien con semejante perfil psicológico no debería ocupar el cargo que Trump ocupa. Esa es la mala noticia. La buena es que se aproximan días de gloria para la prensa de calidad. Es cierto que las webs tóxicas, que difunden todo tipo de mentiras, se han convertido ya en el alimento informativo de muchos ciudadanos por desasnar. Pero no lo es menos que la gran prensa norteamericana, aquella a la que Noam Choms­ky acusó de ser esclava del consenso y del establishment, va a reivindicarse ante Trump. Estos días da gusto leer The New York Times o The Washington Post, medios que han movilizado a sus mejores periodistas para destapar embustes y sacar información detallada  bajo las alfombras de la Casa Blanca. Es ya patente la competencia para dirimir quiénes le harán a Trump lo que Woodward y  Bernstein le hicieron a Richard Nixon. El imperio de la mentira no debería resistir los embates de la verdad. Salvo que los votantes prefieran la primera a la segunda.

Decía Montaigne: “Al mentir, me hago más daño a mí mismo que a los que miento”. Quizás Trump ignore esta sentencia. Pero confío en que acabe comprobando su veracidad. Cuanto antes, mejor.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de febrero de 2017)