Hola. Tengo una esposa embarazada y una hipoteca por pagar. Mi mujer está muy asustada y yo no dispongo de dinero para huir al extranjero. ¿Cómo puedo eludir la llamada a filas?”. Este es uno de los cientos de mensajes telefónicos grabados en el contestador de una asociación rusa recién creada para atender y dar apoyo legal y psicológico a los ciudadanos sujetos a la “movilización parcial” dictada por Vladímir Putin. Lo reproducía Iliá Krasilschik, periodista e impulsor de dicha asociación, en un artículo publicado días atrás por The New York Times. Y reflejaba el estado de ánimo de cientos de miles de ciudadanos rusos que, en las últimas dos semanas, al recibir la llamada a filas, han visto su vida interrumpida, arrojada a la locura bélica y, acaso, a su extinción en un frente de Ucrania.
La prensa internacional ha publicado, desde que el Kremlin anunció esa movilización el 21 de septiembre, fotos de grupos de jóvenes reclutados a la carrera y a punto de ser transportados a Ucrania, vestidos aún de civiles o ya de militares, pero siempre con el miedo, la fatalidad y cierta resignación en el rostro. También fotos de padres y madres que, entre lágrimas, los despedían.
Tratar de ponerse en la piel de uno de esos jóvenes, cuya vida acaba de ser secuestrada, y puede ser pronto sacrificada, ayuda a comprender la gran injusticia, el enorme sinsentido y la inadmisible ofensa que supone la guerra de Putin. Los movilizados no son siempre reservistas con experiencia militar, como se garantizó. Debido a una gestión deficiente, entre los llamados a filas hay de todo, desde pensionistas hasta inútiles para el servicio militar, pasando por ciudadanos sin la menor experiencia bélica. Los reclutamientos se hacen con prisas: se han recogido testimonios de personas que recibieron la llamada al mediodía, con una cita para dos horas después, y que a media tarde ya estaban recibiendo instrucción.
Algunos mostrarán su aceptación, o al menos su aquiescencia, y pasarán por este trago. Otros, no. Pero todos ellos están en peligro. Cientos de detenidos en manifestaciones contra la guerra han recibido su llamada a filas en la propia comisaría, al poco de ser conducidos a ella. Otros, que trataban de abandonar Rusia, la han recibido en puestos fronterizos. Otros, ucranianos por más señas, residentes en territorios que Putin se acaba de anexionar tras convocar referéndums irregulares (solo reconocidos por países como Irán, Afganistán, Cuba o Venezuela), temen ahora ser considerados rusos, recibir la fatídica llamada y verse forzados a luchar en contra de su propio país...
Ir a la guerra no es un gran plan. Y aún lo es menos ir como carne de cañón, para cubrir las bajas de los soldados rusos ya muertos o heridos en combate –80.000, según fuentes norteamericanas–, durante una campaña mal dirigida y de resultados humillantes para Moscú. ¿A quién le apetece ver destrozado su presente y seriamente ame­nazado su futuro al ser expuesto sin ninguna consideración al fuego enemigo, para satisfacer las exigencias del tirano y su corte de oligarcas y militares? ¿No bastan y sobran los más de cien millones de personas –cerca de un 20% rusas, por cierto– que perdieron la vida en guerras del siglo XX?
Está claro que sobran y bastan. Por eso cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes rusos han hecho hasta 48 horas de cola para huir cruzando las fronte- ras de países vecinos como Kazajistán, Georgia o Finlandia. Por eso un número creciente de rusos considera que el tácito contrato social que ha mantenido veinte años a Putin en el poder –recompensar una extendida apatía política con cierta estabilidad– se está resquebrajando. Por eso, enfrentados al dilema de jugarse la vida en una guerra de su Gobierno, pero no suya, y jugársela por defender el derecho a la vida propia, la elección no debería plantear grandes dudas. ¿Quién quiere ser carne de cañón? Nadie. Ya Chateaubriand recurrió en un panfleto a este término –carne de cañón– para criticar el cruel uso que en sus años crepusculares hacía Napoleón de los reclutas, convertidos en “materia prima”, “carne” o “pienso” para los cañones insaciables. Han pasado dos siglos desde entonces. Pero para algunos dirigentes sin corazón han pasado en balde.

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de octubre de 2022)