Vicente Fernández, el rey (del mariachi), conocido en el mundo entero por su interpretación de Volver, volver, falleció el pasado diciembre. Chente se fue para siempre, pero su mensaje había calado hondo y pervive. Son muchos los congéneres que solo piensan en eso y se “mueren por volver”. En su afamada versión de la mencionada ranchera, el cantante mexicano expresaba su deseo de volver “a tus brazos otra vez”. Sus cuates –mejor dicho, sus émulos– quieren volver a otros lugares o a otros tiempos. La cosa siempre es volver. Volver y volver.
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont lleva semanas anunciándonos que va a volver de Waterloo a Catalunya. Insinúa que eso bastará para movilizar a sus adeptos y “culminar” la independencia. Eso es mucho insinuar, puesto que el independentismo sigue dividido y Junts, su partido, es ahora un coro de solistas, un guirigay. Por no hablar de que el Tribunal Supremo aún se acuerda de él, y puede que su regreso tuviera otro desenlace, por ejemplo, judicial y carcelario, o simplemente ayuno de la culminación pregonada.
A su vez, el presidente ruso Vladímir Putin quiere llevar al mundo a un viaje en el tiempo, no hacia el futuro, que parece el destino colectivo ineludible, sino de regreso al pasado. Él también quiere volver y volver. Si fuera posible, volvería a febrero de 1999, antes de que en marzo de ese año la República Checa, Polonia y Hungría, que habían pertenecido al Pacto de Varsovia, ingresaran en la OTAN. Putin querría volver a esa época en la que Rusia era más grande que ahora y se abrigaba con una bufanda de países satélites que alejaban a Occidente y sus hipotéticas tentaciones expansivas. (Ahora, curiosamente, esas tentaciones las siente él.)
De regreso a la escena española, ahí está Pablo Casado, líder del PP y de la oposición, a quien le gusta afirmar que él volvería a aplicar el artículo 155 de la Constitución y a recurrir el Estatut de Catalunya. Añado yo que probablemente abrazaría también con gusto la contrarreforma centralista de su admirado José María Aznar. La cosa es ir para atrás. Volver y volver.
Aunque hay vueltas y vueltas. A todos nos gustaría volver a esas situaciones en las que rozamos la felicidad. Pero no parece tan razonable volver a situaciones que generaron más problemas –destrozos, incluso– que soluciones. Por eso la sociedad catalana ha aparcado el procés. Es inútil pretender volver, como si el presente no fuera consecuencia de determinados actos pasados, como si su repetición fuera a dar resultados distintos, como si no aprendiéramos de los errores. Dicho sea todo ello sin rencor: lo pasado, pasado está.
Volver significa regresar al lugar de donde se partió. No es ese el plan apropiado para quien aspira a que su vida sea una sucesión de avances. Sí puede serlo para quien ha fracasado; para el que no quiere volver de vacío y pide otra oportunidad; para el que querría volver a la casilla anterior pero, eso sí, sin que dé la sensación de que se vuelve atrás, expresión reservada para quien renuncia o va a incumplir su promesa.
Para volver no basta con la voluntad personal, por fuerte que sea. Porque por muy recalcitrante que sea alguien defendiendo sus ideas o sus delirios, por mucho que dé la matraca con ellos, el tiempo pasa. Y, con su paso, varía el momento y el ánimo de quienes lo viven. Nunca vuelves al mismo lugar y al mismo tiempo del que te fuiste. Porque ambos han cambiado y, en gran medida, ya son otros. La Catalunya de hoy ya no es la de hace unos años, como admitió Jordi Cuixart al dejar la presidencia de Òmnium y decir que la graduación de las gafas del 2017 ya no servía en el 2022. O como señala el último sondeo del Govern, al que una mayoría de ciudadanos (60%) reclama que se centre en la gestión y no en el conflicto. Entretanto, en la España de Casado… Bueno, la España de Casado aún no existe y por ello, de momento, no es posible volver a ella. Un alivio.
Vicente Fernández quería que en su funeral se cantara Volver, volver. Sonó en el Palacio Nacional, cuando el presidente mexicano López Obrador le despidió. Pero ni así volvió Chente. Volver no siempre es posible. En esta vida viajamos solo con billete de ida, en trenes que acaso no pasen más de una vez.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de enero de 2022)