Daniel Mantovani, Nobel de Literatura argentino, decide volver de visita a su pueblo, por primera vez desde que lo abandonó siendo joven. Este escritor, que vive a sus anchas en Barcelona, regresa pues a su remota villa natal, a 700 kilómetros de Buenos Aires, donde las calles siguen sin asfaltar y el hotel en el que le alojan le recuerda a uno de Rumanía. En teoría, se presta al largo viaje para recibir el homenaje de su comunidad. Quizás también para devolverle algo de lo que le dio. Pero, como dicen los cursis, no hay rosas sin espinas.

Este es el planteamiento de El ciudadano ilustre, obra de Mariano Cohn y Gastón Duprat con la que Argentina competirá por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. He aquí un trabajo con buen pulso narrativo, actores convincentes y un guión afinado, que más allá de su tema particular aborda otro genérico y de indudable vigencia en nuestra sociedad: la admiración y, al tiempo, el rechazo que causa el éxito.

El éxito goza de muy buena prensa. Pero, para alcanzarlo, un creador debe tener talento y articular una voz singular, apreciable y, quizás, disonante. Debe asumir riesgos. Y debe saber, si de veras aspira a un éxito de primer orden, que el terreno de juego es el mundo entero, no la patria chica. Por este camino, los mejores alcanzarán el reconocimiento de muchos. Y, también, la envidia y el rencor del resto. Sobre todo, de quienes viven en comunidades pequeñas en las que los mediocres medran juntos. El ciudadano ilustre es para ellos un estorbo.

Es ciudadano –de su pueblo, de su país, del mundo– quien ejerce los derechos y deberes establecidos por la sociedad. Es ilustre el que sobresale extraordinariamente en alguna actividad. No hace falta ser insigne para ser buen ciudadano. Pero al ciudadano distinguido, esclarecido, se le pide algo más que al común: que desarrolle al máximo las propias capacidades, aunque eso comporte rupturas, desencuentros y exilios. Todos nos debemos a la comunidad, pero la mejor manera de servirla no siempre es siendo como ella quiere que seamos: es siendo uno mismo. Incluso cuando eso parezca ir contra la propia comunidad. Por definición, el que sobresale incomoda. Entre otros motivos, porque al sobresalir recuerda a los otros su medianía, ya sea innata o esforzadamente cultivada.

Ese desencuentro aflora con más brío si cabe cuando quien destaca lo hace por razones intelectuales o éticas. Por eso triunfan tanto hoy, y sin reproches, las celebridades vacuas, que viven de exhibir su cuerpo y sus deslices: porque parecen poner el éxito –un éxito banal, pero productivo– al alcance del pobre diablo.

Mantovani comparte apellido con un director de orquesta que antaño triunfó en el ramo del easy listening. Pero lo que dice Daniel Mantovani es lo contrario del easy listening. No siempre es agradable de escuchar y, a veces, escuece. Vean, si tienen ocasión, El ciudadano ilustre.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de diciembre de 2016)