IFrankenstein cumplirá  200 años en el 2018 que ya despunta: Mary Shelley publicó Frankenstein o El nuevo Prometeo en marzo de 1818. En esta novela gótica, preludio de la ciencia ficción, se retomaba el viejo tema de los humanos que sueñan con emular a Dios y crear vida. El método sugerido por Shelley era un poquito chapucero: acopiar despojos de cadáveres en las salas de disección, recoserlos con hilo grueso hasta obtener algo parecido a un muñeco humano y, luego, insuflarle vida. Hace doscientos años algún sabio más o menos chiflado trataba de reanimar muertos aplicándoles descargas eléctricas. Ahí halló Shelley inspiración para acabar de perfilar su personaje, genuino pionero en el reciclaje de deshechos humanos.
Lo de El nuevo Prometeo nos recuerda que esta tendencia del hombre a creerse dios viene de antiguo. El titán mitológico Prometeo robó el fuego divino a Zeus y se lo dio a los humanos para que pudieran calentarse (lo cual lo cualifica como santo patrón de quienes sufren pobreza energética). En la tragedia Prometeo encadenado, Esquilo nos presentó a un héroe al que Zeus, molesto por lo del robo del fuego, había condenado a que un águila le comiera el hígado todos los días (por fortuna, el hígado de Prometeo tenía capacidad para regenerarse de noche, lo que todavía despierta la admiración y la envidia de los dipsómanos esclavizados por el frasco). 
Entrado el siglo XXI, los humanos conservamos ese afán de emular a dios y crear vida. La gente corriente se contenta con echar unos hijos al mundo. Pero una legión de especialistas en ingeniería genética, inteligencia artificial, robótica y demás oficios de futuro trabajan a tal fin. Quizás el mundo se repueble con posthumanos algún día. La idea, según se mire, es tentadora. En parte, porque estas criaturas podrían librarnos de las tareas más fatigosas (y del resto). Y, en parte, porque algunos congéneres no están llamados a la condición divina, sino a proclamar con cada uno de sus actos las limitaciones de la condición humana y, de paso, a hacernos sufrir a todos los efectos de su torpeza. Pero, visto desde otro ángulo, ese proyecto de mundo posthumano también da un poco de miedo. Porque podría ser un mundo más uniforme, controlable y anodino que el que tenemos; y no precisamente mejor. 
En la novela de Shelley, cuando el monstruo escapa al control de su creador y se tropieza con gente, se da cuenta enseguida de que es persona non grata, malquerida. Hasta cierto punto, se entiende. Porque no es guapo ni gracioso ni tiene labia ni dinero. Su reacción, entonces, es ésta: “Si no puedo inspirar amor, causaré miedo”. Y a eso se dedica.
De todo se aprende. Será bueno, de cara al 2018, y al mundo posthumano, que nos lo pensemos dos veces antes de calificar de non gratas a las personas distintas. No vaya a ser que lo llenemos de frankensteins.

(Publicado en "La Vanguardia" el 31 de diciembre de 2017)