Vida secreta

29.12.2013 | Opinión

Cuando oímos hablar de vida secreta tendemos a imaginar una doble vida –transgresora, excesiva, viciosa- que por razones de elemental prudencia se sustrae al escrutinio social. Pero hay otras vidas secretas. Por ejemplo, la de Toti Soler, guitarrista de honda y exquisita sensibilidad que vive apartado, solo y entregado al cultivo de su arte. En un mundo que corre desbocado hacia ninguna parte, este estilo de vida parece el colmo del aburrimiento. Pero puede ser lo contrario: la puerta a una experiencia sensorial transformadora.

Días atrás vimos en la tele catalana un conmovedor reportaje protagonizado por Toti Soler en su hábitat actual, que bien podría haberse titulado “Vida secreta”, como uno de sus discos. Fue un espacio de efectos hipnóticos, capaz de suspender el zapeo. La carrera musical de Toti Soler, que ronda ya el medio siglo, fue resumida esta vez mediante entrevistas y buenas imágenes de archivo: su inicio pop con Jeanette en Pic-nic; su viaje a Londres, la compra de la guitarra eléctrica y su labor en la banda de jazz-rock Om, con el pianista Jordi Sabatés; su descubrimiento del guitarrista flamenco Diego del Gastor (con la subsiguiente venta de la guitarra eléctrica y compra de una española); sus veinte años con Ovidi Montllor; su propia música…

En todas estas aventuras –sobre todo, en las post-Jeanette-, Soler ha actuado como un explorador de la sensibilidad, además de cómo músico excelente. Escucharle equivale a ir de su mano en estas exploraciones; a exigir máxima atención a los propios sentidos para que nos brinden sensaciones y emociones de turbadora intensidad. Toti Soler, que es el primero en experimentarlas, confesó que en sus recitales se ve a menudo sacudido por ellas y casi pierde la compostura. Así sucede porque Toti Soler no ejerce su ministerio como tantos epígonos o farsantes, sino como un artista que se vuelca en cada nota, cada arpegio y cada falseta, buscando no sólo la mejor música, sino la música que se trasciende, la que le conmueve y nos conmueve.

En un momento del programa, Soler, que es hombre amable y mesurado, casi torció el gesto al afirmar que su trabajo pertenece al mundo del espectáculo y, sin embargo, cada día le parece más opuesto a lo que ahora caracteriza dicho mundo. (Verbigracia de mi cosecha: esa patética Miley Cyrus que se da lengüetazos en el espejo para anunciarnos su concierto barcelonés, hecho de música previsible, pornografía para niños, aturdimiento y trivialidad). No podía tener más razón. En el espectáculo de masas contemporáneo, como en la vida en general, predomina el mensaje plano y veloz, la conmoción (más cerebral que sensorial), la saturación de luz y sonido. De hecho, ya el mundo del espectáculo margina a quien nos invita, con música de virtuoso, al viaje interior: al tiempo detenido, al espacio profundo, a la aventura sensorial. Craso error. ¡Y mil gracias, Toti!

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 29 de diciembre de 2013)