Vergüenza ajena

31.03.2013 | Opinión

Vergüenza ajena. Eso es lo que debió de sentir Antonio Muñoz Molina, siendo director del Instituto Cervantes de Nueva York, cuando recibió a una delegación de la Generalitat valenciana que promocionaba la Ciutat de les Arts i les Ciències en el Nuevo Mundo. Eso es lo que se deduce de la narración del suceso contenida en su ensayo “Todo lo que era sólido”, que resumo como sigue: el entonces presidente Francisco Camps llega al Cervantes con su nutrido séquito (altos cargos, asesores, periodistas, etcétera), gira distraída visita a la institución y se sienta en el auditorio para ver los vídeos de rigor. Camps está como ausente, usa el móvil y consulta a menudo su reloj. Le inquieta la ausencia de Plácido Domingo, que está convocado y no aparece. Hasta que, ya empezada la proyección, un edecán bisbisea algo en la presidencial oreja, la pantalla funde a negro, se encienden las luces, entra Plácido y Camps lo abraza feliz bajo los flashes de la prensa aerotransportada ex profeso desde España. El político respira aliviado. Ya tiene la foto que documenta el interés de su misión transatlántica y justifica el viaje en pro de un complejo turístico que arrastra un déficit estructural de unos 700 millones de euros.

“Todo lo que era sólido” es una constatación de lo muy distinta online casino que es la España de la crisis de la España del derroche de los ochenta, los noventa y principios del siglo XX. Es también una crítica bien temperada, pero demoledora, de los sobresalientes grados de estupidez o latrocinio alcanzados por tantos políticos en su gestión pública. Este ensayo se ilustra con episodios muy elocuentes, cosechados por el propio Muñoz Molina, como el ya referido de los valencianos; o como el almuerzo para hombres de negocios de EE.UU., organizado por el Ayuntamiento barcelonés, que acabó a la hora en que en Nueva York se empiezan a servir cenas y con parlamentos en catalán.

Los resultados de aquellos episodios –o de la realidad sustituida por el espectáculo, del derroche de fondos públicos, de la corrupción generalizada, de unos políticos que primaban la defensa de su statu quo sobre el interés ciudadano– son desoladores y están a la vista de todos. Muñoz Molina se abisma en ellos, y luego tensa un poco más la cuerda y advierte que quizá la involución de este país aún no haya tocado fondo. Que todo lo sólido se desvanece. Que no hay facultades –verbigracia, las de una democracia digna– que no atrofie el desuso. Que de un día a otro un país civilizado puede hundirse en la barbarie.

Lo que propone el autor para evitarlo es alentar una rebelión cívica que reconquiste territorios de soberanía popular groseramente ocupados; y, por supuesto, participar en ella. Sólo así lograremos reconducir el país y, de paso, nos evitaremos nuevas vergüenzas ajenas. Y, sobre todo, sólo así nos ahorraremos la vergüenza propia derivada de la pasividad ante lo que está ocurriendo.