Vampira gagá

07.04.2013 | Opinión

Sobrevolando las páginas que los diarios dedican a las celebridades, me tropiezo con la enésima información sobre Lady Gaga, una cantante que ha cimentado su fama en el cultivo de la más disparatada excentricidad indumentaria. Su última performance, como las anteriores, carece de toda lógica: puesto que se operó de cadera y debió suspender la gira y guardar reposo –o sea, puesto que perdía pie en la competición mediática, que exige un inagotable caudal de fotos promocionales–, Lady Gaga decidió recuperar terreno recurriendo al arma que tenía más a mano. ¿Cuál era? Pues la necesidad de usar durante un tiempo una silla de ruedas. ¿Iba nuestra diva a escoger una silla de ruedas convencional? Por supuesto que no: Lady Gaga encargó a un joyero que le fabricara una silla de ruedas bañada en oro de 24 quilates. Y luego llamó a los chicos de la prensa para que la fotografiaran sentada en su nuevo trono rodante.

Si no nos paramos a pensar en el significado de esta imagen, quizás concluyamos que Lady Gaga ha logrado un nuevo impacto mediático. La población está ya, en general, un poco atontada y ante una imagen como la descrita no va mucho más allá del “¡qué pasada!”, “¡qué fuerte!” o “¡qué guai!” Pero si pensara en ella unos segundos más y, ya puestos, la analizara con una pizca de espíritu crítico, quizás estaríamos en puertas de una insospechada revolución.

En efecto, la descerebrada conducta de tantas celebridades, cuya fama precisa de una constante (y a menudo patética) reinvención mediática, es ahora mismo un hecho de potencial revolucionario. Cualquiera que se detenga a valorar lo que hace Lady Gaga abominará de ella. ¿Cómo se puede ser tan manirrota, tan insensible a las necesidades colectivas y tan hortera como para fabricarse una silla de ruedas de oro y contárselo a todo el mundo? ¿A qué fan puede emocionar tamaña tontería? Y, aún suponiendo que existan tarados semejantes, ¿no podríamos el resto ver en la foto la prueba definitiva de que su protagonista está gagá y sólo es digna de rechazo?

Decía Gabriel Celaya que la poesía era un arma cargada de futuro. Hoy ya no diría tanto. La poesía trae sin cuidado a los muchos analfabetos funcionales que nos rodean. En cambio, la información dedicada a las celebridades, tan seguida ahora, sí es un arma cargada de futuro. Un arma cebada con incontables memeces, cuya capacidad de destrucción –y autodestrucción– masiva es por tanto enorme. Ojalá que el lector adocenado que fija su atención en una foto como la de la silla de ruedas de oro reflexionara apenas unos instantes sobre lo que nos dice, y concluyera que si algún día se tropieza con su propietaria, la reprenderá severamente y, a continuación, se olvidará de ella para siempre. Y esto último sí que le haría daño a alguien que vive de y para su celebridad, vampirizando, insaciable, la atención popular.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de abril de 2013)