A veces nos quejamos de que determinados políticos hablan sin tasa y no paran de darnos presuntas lecciones morales. Pero luego desaparecen de la escena y, en lugar de sentir cierto alivio, nos preguntamos por dónde andarán. Una de las comidillas periodísticas de la pasada primavera ha sido la desaparición de Pablo Iglesias, exlíder de Podemos. Tras las elecciones madrileñas del 4 de mayo, en las que su némesis Díaz Ayuso le dio un baño –a él y al resto de los candidatos–, Iglesias dijo que dejaba la política y desapareció. Adiós a Twitter, adiós a los micrófonos, adiós a las cámaras, adiós a la vida pública. Se recluyó en su chalet y se dedicó a pensar en qué hacer con su vida.
Este silencio ha generado mucho ruido mediático. Numerosos medios de comunicación han publicado informaciones sobre la espantada de Iglesias. Admito que, dada su afición a la pedagogía política y su inagotable verbosidad, dicho silencio pudiera parecer algo excepcional y, por tanto, noticioso. Pero el silencio –¿temporal?– de quien llevaba siete años entregado con gusto a la sobreexposición mediática no debería ser recibido con sorpresa ni inducirnos a la nostalgia, sino invitarnos a saborearlo mientras dure.
Estoy hablando de Iglesias, pero podría hablar de Casado, de Sánchez, de Aragonès o de otros políticos que hablan más de lo imprescindible y no parecen tener la menor intención de dejar de hacerlo. Todos ellos participan en debates parlamentarios, conceden entrevistas, leen día sí día no declaraciones institucionales trascendentes y aparecen de continuo en la tele. Pero raramente nos sorprenden con una idea fresca o con una acción que nos cambie la vida: por lo general se dedican a glosar sus ideas y proyectos y, con más frecuencia y pasión, a machacar al rival.
Todos ellos deben tener algunas cosas interesantes que decirnos. Pero quizás en número inferior al de veces que abren la boca en público. Decía Tácito, y Montaigne lo recoge en La vanidad de las palabras, que “los estados que se han mantenido en una situación de orden y buen gobierno, como el cretense o el lacedemonio, han hecho poco caso de los oradores”. Quizás no diría yo tanto, ni trazaría una relación de causa-efecto entre la desatención a nuestros amados líderes y el progreso del país. Pero si limitaran sus apariciones a las ocasiones pertinentes, si no anduvieran siempre enzarzados en estériles trifulcas, dispondrían de más tiempo para tareas provechosas. Y estoy convencido de que, ante un silencio como el de Iglesias –o el que quizás algún día nos regalen sus colegas–, lo prudente no es preguntarse qué está haciendo cuando por fin se ha callado un poco, sino disfrutar de tan rara ocasión. No vaya a ser que piensen que necesitamos su locuacidad, vuelvan ya, y nuestro respiro se esfume.

(Publicado en "La Vanguardia" el 8 de agosto de 2021)