Una fiera amansada

10.03.2013 | Opinión

Gritones, locos, inmorales, anarquistas… Estos fueron algunos de los “elogios” que recibieron los artistas del Armory Show. Hace exactamente un siglo, Nueva York acogió esta exposición, tarjeta de presentación de la vanguardia en EE.UU.. La muestra reunía 1.300 obras de 300 creadores, la mayoría europeos. Entre ellos, los grandes nombres, de Cézanne a Van Gogh, de Dégas a Matisse, de Picasso a Duchamp. Se trataba, según los organizadores –la Asociación de Pintores y Escultores Norteamericanos–, de educar al público en el gusto por lo contemporáneo (y, de paso, animar las propias ventas). La operación fue un éxito, aunque retardado: en 1929 abriría el MoMA; y, tras la Segunda Guerra Mundial, la capital del arte se trasladó a Nueva York. Pero en 1913 a los del Armory les dijeron de todo menos guapos.

La obra que se llevó más denuestos fue “Desnudo bajando una escalera” (1912), de Marcel Duchamp, actualmente en el Museo de Arte de Filadelfia. Es una pieza de ecos cubistas, cinéticos y futuristas, en la que una figura de colores pardos, descompuesta en varios perfiles, baja unos peldaños. También se llevó lo suyo “Mujer con tarro de mostaza” (1910), de Pablo Picasso, retrato expresionista de una mujer de rostro tumefacto, propio de una víctima de mal trato.

Estas dos telas, objeto de tanto vituperio, anticipaban dos rasgos del siglo XX. Por una parte, el movimiento, la velocidad, el cambio constante. Por otra, el malestar, la angustia, la violencia. Duchamp abandonaría la pintura dos años después y crearía en 1917 su obra “La Fuente”, que, simplemente, dinamitó el arte. Picasso, que en 1907 lo había revolucionado con “Las señoritas de Aviñón”, tenía por delante seis decenios de carrera guiada por el afán –no siempre satisfecho, claro– de creatividad y ruptura. Quienes en 1913 les criticaron tendrían sus razones estéticas. Pero Duchamp y Picasso iban por delante de su tiempo. No denunciaban ni protestaban: rompían. Y, al romper el viejo mundo, alumbraban uno nuevo, de intensidad plástica extraordinaria.

Días atrás, en el transcurso de un concurrido almuerzo, expresé mis reservas ante un arte contemporáneo, el de hoy, que en líneas generales denuncia mucho, rompe poco y no alumbra demasiado. Mi amigo L., gran protector del arte actual en Barcelona, lo atribuyó a mi desconocimiento del medio. Es una posibilidad; podría ser –aunque no es así– que yo cayera en la fobia de tantos neoyorquinos de 1913: el horror a lo nuevo. Pero hay otras posibilidades; podría ser que la velocidad y la angustia no sean ya los mejores aliados de la actividad artística tras cien años tan dinámicos como estresantes. O que el arte que lo apuesta casi todo a la ideología –con su componente de grito, locura, inmoralidad o anarquía– goce hoy del beneplácito y el apoyo oficiales. Es decir, que a menudo sea, en la práctica, una fiera amansada.