Sin imagen

Koyaü-we

Arquitectos: Elemental

Ubicación: Bienal de Venecia. Frente a la dársena nueva del Arsenal

 

En la recién inaugurada XVII Bienal de Arquitectura de Venecia abundan las instalaciones con tecnología digital, videográfica o lumínica de última generación. Es como si la construcción hubiera entrado en una dimensión virtual, etérea y colorista. Contrasta particularmente con esta tendencia, por su imponente volumen, su recia materialidad y sus resonancias primitivas, la pieza levantada frente a la dársena nueva del Arsenal por el equipo chileno Elemental, que encabeza Alejandro Aravena, ganador del Pritzker en el 2016 y actual presidente de su jurado. Se trata de una monumental empalizada de troncos de abeto de 13,5 metros (el equivalente a un edificio de cuatro plantas), dispuestos en círculo, apuntalados desde el interior y el exterior de dicho círculo por otros troncos, de menor longitud, inclinados a 45º. Esta doble sucesión de contrafuertes crea dos recorridos a cubierto, concéntricos y tangentes a la empalizada, entre agradables sombras. Una alfombra de cortezas troceadas cubre estos recorridos y también la gran sala central del recinto, dándole una embriagadora fragancia boscosa.

El lema de la Bienal es este año “¿Cómo viviremos juntos?”. Y el modo en que Elemental ha dado respuesta a la pregunta ha sido tratando de mediar en un ámbito específico, que es el del secular conflicto entre la comunidad indígena mapuche y la República de Chile, siempre a la greña por disputas sobre la propiedad de la tierra. Lo primero que hicieron estos arquitectos, tras reunirse con las partes, fue construir Künü, una empalizada menor en Lonkoche, al sur de Chile, en territorio mapuche, como un primer espacio para que las dos comunidades en conflicto –en este caso, una compañía maderera y los mapuche– se conocieran mutuamente. Y lo segundo ha sido construir esta enorme pieza en Venecia, titulada Koyaü-we, con la idea de lograr un espacio para parlamentar y donde acordar la manera de vivir juntos. Las circunstancias pandémicas han hecho que la sesión parlamentaria inaugural, celebrada el pasado jueves, fuera telemática. Pero el camino hacia el diálogo ya se ha abierto.

Más allá del valor simbólico de esta construcción, que probablemente será efímera –en el mismo lugar levantó Norman Foster en el 2016 una bóveda cerámica ideada para albergar drones en África–, esta obra destaca por la elocuencia de sus valores arquitectónicos, hoy infrecuentes. Entre ellos, el empaque y la desnudez de su material, la sencillez de su sistema constructivo –troncos que se apoyan entre sí, sin otro auxilio que el de la tornillería–, su monumentalidad y su regusto ancestral.

Este espacio para parlamentar nos recuerda pues, en tiempos de arquitecturas tecnológicas, sofisticadas, ligeras, transparentes y, en el peor de los casos, icónicas, que hay otra arquitectura que se nutre directamente de la naturaleza, del tiempo y de las habilidades ­primigenias, y que basa su ­enorme potencia en una simplicidad que nada tiene que ver con la simpleza.

 

(Publicada en “La Vanguardia” el 25 de mayo del 2021)