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Un mar de dunas en el Louvre

26.01.2013 | Crítica de arquitectura

Departamento de Arte Islámico del Museo del Louvre
Arquitectos: Mario Bellini y Rudy Ricciotti
Ubicación: París. Museo del Louvre


Mario Bellini y Rudy Ricciotti han efectuado la mayor intervención arquitectónica en el Louvre desde que, en 1989, el arquitecto sinoamericano Ieoh Ming Pei inauguró allí su ya célebre pirámide de cristal. En su día esta obra fue recibida con críticas conservadoras, que la consideraban impropia de la majestuosa arquitectura del Louvre. Su volumen limpio y transparente y sobre todo el cómodo vestíbulo subterráneo que se habilitó han probado la miopía de aquellas críticas. La presente intervención de Bellini y Ricciotti en la “cour” Visconti, muy ornada en tiempos de Enrique IV, de Napoleón y Napoleón III, con ventanas a la sala donde se exhibe la Gioconda, y a dos pasos de la Victoria de Samotracia, también fue recibida con reticencias. En particular cuando se supo que pretendía cubrir este patio con una cubierta de malla de acero, ondulante, de tono dorado, que no es difícil relacionar con un desértico mar de dunas; o con una alfombra voladora; o con una tienda súbitamente desprovista de sus puntales y a punto de posarse suavemente sobre la arena. Es decir, con referencias asociables al universo árabe.

Aunque este tipo de alusiones formales no siempre dan buen resultado, y menos si son explícitas, Bellini y Ricciotti han acertado en esta obra inaugurada el pasado 18 de septiembre. Pei dispuso de un patio inmenso para plantar su pirámide; Bellini y Ricciotti, en cambio, contaban sólo con unos mil metros cuadrados, enmarcados en una arquitectura de fuerte personalidad. No les ha hecho falta agotarlos. Su cubierta, que pesa 135 toneladas sostenidas por ocho finos pilares inclinados -aires de jaima- no toca los muros del patio, queda a entre dos y cuatro metros de ellos. Está integrada por dos mallas de acero, compuestas por unos 2.350 triángulos, entre las que se sitúan una estructura tubular, un vidrio que protege de la lluvia y diversas instalaciones, sin que el canto resultante sea demasiado grueso. Los cerramientos laterales son de vidrio, contribuyendo con su transparencia al diálogo con el viejo edificio y, por tanto, a potenciar la sensación interior-exterior. El acierto en el planteamiento de la obra, además de la propuesta formal, ha sido no cerrar el patio por arriba, por la irregular línea de cornisa, sino bajar la cubierta, dándole protagonismo sin negárselo a los muros del patio. La espléndida exposición de arte árabe desplegada por el Louvre precisaba 2.800 metros cuadrados. Y puesto que el patio no los daba, hubo que buscarlos excavando una planta, y ganando incluso terreno más allá del perímetro del patio. El pavimento es de hormigón negro, a tono con la pizarra del techo del Louvre. También es de hormigón negro, o gris muy oscuro, la escalera que comunica las plantas, hecha de una sola mano, que recuerda las pasarelas construidas por Ricciotti en el Mucem de Marsella. En suma, una delicada -y lograda- intervención en el corazón del Louvre, que hace veinte años largos aceptó una pirámide, y que ahora la acompaña con las dunas del desierto.

(Publicado en “La Vanguardia” el 26 de enero de 2013)

Foto Musée du Louvre