Hace ya 25 años –se cumplen el día 18– de la apertura del Guggenheim Bilbao. La capital vizcaína celebró la ceremonia inaugural, presidida por los Reyes, con el corazón encogido. Había temor a un atentado terrorista. Y las críticas habían arreciado contra la Diputación Foral de Vizcaya desde que a inicios de los años 90 decidió destinar 23.000 millones de pesetas (140 millones de euros) a la construcción de una franquicia museística marca Guggenheim.
Esas críticas procedían, en primer lugar, del propio Gobierno vasco, que no veía clara la operación. También de la sociedad artística local, encabezada por el escultor Jorge Oteiza, de carácter tronante, que tachó el proyecto de “totalmente antivasco”, temiendo que “paralizara todas las [otras] actividades culturales”. Y procedían de la oposición: en 1995, con la construcción ya avanzada, la candidata del PP a las municipales aconsejó “paralizar las obras” y “poner un banco y un árbol donde se pudiera”. Una visionaria.
A decir verdad, cuando la operación echó a andar, las perspectivas de éxito eran inciertas. Bilbao había salido destrozado de la crisis de los 80: su industria siderúrgica estaba obsoleta. El paro había alcanzado el 30%. ETA seguía matando como si no hubiera un mañana mejor. La heroína también mataba. La ría bilbaína era “una cloaca navegable” (según descripción de Ibón Areso, impulsor de la posterior renovación urbana). El desánimo era palpable. La sentencia “renovarse o morir” parecía motivada por Bilbao.
Tampoco los otros actores de la operación iban boyantes. La Fundación Guggenheim había proyectado abrir antes franquicias en otras ciudades –Salzburgo, Viena, Venecia–, todas ellas abortadas cuando sus municipalidades se enteraron del coste de la operación. Y Frank Gehry, cabeza de fila de la vanguardia arquitectónica americana, había cumplido los 65 años en 1994 sin haber dado el do de pecho. (Hoy sigue activo a los 93).
Pese a todo ello, el Guggenheim fue –es todavía– un éxito incontestable, el edificio del cambio de siglo. En su segundo año triplicó  las previsiones y recibió 1.400.000 visitantes. Desde entonces ha promediado un millón de visitas por año. Motorcycle, la exposición de 1998 dedicada a las motos, fue la más visitada (870.000 personas) y la recién clausurada Motion, protagonizada por coches de ensueño, se ha encaramado al tercer puesto (751.000). Bilbao se ha transfigurado y es hoy una atractiva capital de economía terciaria. Los humos de la industria pesada se disiparon hacia el olvido. El PIB de Vizcaya se ha multiplicado por 2,5 desde 1997. El Guggenheim ha sido un éxito completo como dinamizador urbano y cultural. Un éxito contra el generalizado pronóstico inicial. Desconfíen de los agoreros.

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de octubre de 2022)