Anagrama acaba de publicar una novela de Juan Tallón que no hará muy feliz al Reina Sofía, porque evoca uno de los episodios más embarazosos de la historia de este museo: la desaparición de una escultura de Richard Serra de 38 toneladas de peso, que le fue encargada para la muestra inaugural del centro en 1986, costó 36 millones de pesetas y un día –¡hop!–se esfumó.
Le dices a alguien que ha desaparecido una escultura de acero de ese peso, que anuncia un volumen importante, y lo primero que te responde es que no puede ser. Le puedes replicar que Equal-Parallel: Guernica- Bengasi, la obra en cuestión, era grande pero no tanto: estaba compuesta por cuatro piezas de 24 centímetros de grosor, dos rectangulares, dos cuadradas, unas de cinco metros de ancho, y las otras de metro y medio. O sea, dos  partes pesarían 14 toneladas (las rectangulares) y las otras dos, cinco (las cuadradas). Todo lo cual facilitaba un poquito su transporte, aunque no mucho. Le puedes decir también que la pieza no desapareció del museo, sino de las instalaciones de la empresa que –teóricamente– la custodiaba en Arganda del Rey, adonde fue trasladada tras retirarla del Reina Sofía… Pero, aún así, al caso le cuadra el adjetivo “escandaloso”.
A Tallón esta historia de misterio le atraía desde que supo de ella. Ahora la ha recreado con la ayuda del sumario judicial y un coro de 70 voces –reúne desde el propio escultor minimalista (pero de obra maciza) hasta personal del museo, pasando por taxistas o seguratas– que estructuran el relato. Es una estructura pertinente, porque hacen falta muchas voces para documentar semejante suceso.
¿Tiene sentido volver a hablar de él, pasados los años? Sí lo tiene. Porque la obra extraviada nunca se encontró. Porque el artista la volvió a hacer –costó otros 100.000 euros–, y es ese duplicado el que ahora se exhibe en el Reina Sofía, a modo de nuevo original, si es que eso es posible. Porque así nos acordamos de que hubo una época dorada en la que ese museo encargaba obras a medida –la altura de la de Serra es exactamente la misma de los alféizares de la sala a la que iba destinada– y luego, pasados unos meses, las desmontaba y almacenaba. Porque con él nos hacemos una idea del desbarajuste que hubo en la gestión del centro. Y, sobre todo, porque así hemos podido leer esta novela amena y reveladora.
El libro que nos ocupa se titula Obra maestra, en alusión a la pieza de Serra, también a su perfecta desaparición, y quien sabe si a la propia novela. De ser así estaríamos ante otra muestra del sutil humor galaico que impregna el texto de Tallón. No es un mal bálsamo para afrontar este caso irresuelto, cuyos responsables deben seguir impunes por ahí, a diferencia de la escultura, castigada a la clandestinidad y en paradero desconocido.

(Publicado en "La Vanguardia" el 6 de febrero de 2022)