Un debate para guardar

03.07.2016 | Opinión

Han pasado ya casi dos semanas desde el debate entre Oriol Junqueras y Josep Borrell en 8tv. Pero todavía me apetece comentarlo. Los debates suelen ser un cruce de propuestas programáticas y descalificaciones del rival, que no modifican las opiniones de la audiencia. En cambio, el de Junqueras y Borrell respondió a un modelo infrecuente –y digno, por tanto, de videoteca– en el que una parte desarbola por completo a la otra. En este caso, Borrell a Junqueras.

El veterano político socialista, expresidente del Parlamento Europeo, acudió al plató con los deberes hechos. El líder de ERC, que se pasa el día con un micrófono ante la boca, fue a 8tv como si ignorara el peligro de su rival o lo infravalorara. El resultado fue un hito en la historia de los vapuleos televisivos. Borrell acreditó con reglamentos comunitarios que la versión idílica de Junqueras sobre la reintegración de una Catalunya independiente en Europa era ilusoria. Demostró con documentos de la Generalitat que Junqueras usaba cifras manipuladas en su argumentario pro independencia. Y exhumó diarios para reflejar las contradicciones de su discurso. El republicano no supo rebatirle. Se limitó a reivindicar el derecho a decidir, como si estuviera en un mitin ante su parroquia y no en un duelo con su némesis.

Borrell fue frío, metódico e implacable y a ratos pareció un funcionario escandinavo. Su rostro inexpresivo daba incluso un poco de yuyu. Pero la solidez de sus datos, su contención, su educación –evitó siempre las voces y los atropellos verbales propios de nuestros debates– le proclamaron vencedor indiscutible. Junqueras, en cambio, fue sintiéndose más y más incómodo según avanzaba el debate. Diríase que no está acostumbrado ni dispuesto a permitir que le tosan. Recurrió a su habitual retórica, que sonó más hueca que didáctica, intentó alguna marrullería y dio una muy deficiente impresión como economista. Y no digamos como conseller de Economia y vicepresidente de la Generalitat. Esta cita televisiva fue para él un completo naufragio, según se admitió en medios soberanistas.

Pese a lo dicho hasta aquí, el objetivo final de esta nota no es calificar a los participantes en tan elocuente debate. Preferiría fijarme en los efectos del mismo sobre la sociedad catalana. Yo diría que fueron nulos. Lo cual nos habla del escaso pulso de tal sociedad. Es verdad que la revelación de ciertas prácticas del ministro del Interior contra CDC o ERC, dos días después, lo sepultó todo. Les permitió convocar solemnes actos de protesta, cargados de razón, aunque con escenografía batasuna, donde pronunciaron sermones sobre la dignidad ofendida. Pero el 26-J ERC siguió progresando. Y el PP salió victorioso de las elecciones. Acaso porque en España un político puede exhibir en público sus limitaciones o vergüenzas y obtener, acto seguido, buenos resultados electorales. Somos así. Pero siempre nos quedará ese debate.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de julio de 2016)