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Treinta años después

22.11.2013 | Crítica de arquitectura

No puede decirse de Palma, como se decía de Barcelona antes de 1992, que haya vivido de espaldas al mar: su espléndida bahía es parte esencial de la ciudad. Pero está claro que la conversión de su muralla y espacios contiguos, antes inaccesibles, en Parc de Mar ha regalado a los palmesanos un espléndido balcón sobre el Mediterráneo. La obra ha avanzado muy despacio, puesto que el proyecto data de 1983 y se ha desarrollado en cinco fases, tantas como alcaldes ha tenido Palma en estos treinta años. La quinta y última ha sido la rehabilitación del baluarte del Príncipe, inaugurada este otoño, completando un kilómetro de paseos entre la muralla renacentista y la dieciochesca. De este modo, la intervención de los arquitectos José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres, iniciada en el baluarte de Ses Voltes, al pie de la Almudaina, la catedral y el palacio obispal; y continuada con las fases de Portella, Berard y la plaza Villalonga, llega a su término. O, mejor dicho, casi a su término, puesto que quedan pequeñas obras por ejecutar, en fecha no fijada.

 

Esta quinta fase se ha distinguido de las anteriores porque incluía la demolición de numerosas dependencias militares, entre ellas bloques de viviendas de siete y ocho plantas, que fueron ocupando y desnaturalizando el baluarte del Príncipe. Y luego, una vez recuperado el vacío, por la transformación de los restos de la fortificación en una zona de paseo, que salva mediante rampas, escaleras y puertas los saltos de cota.

 

Todo el Parc de Mar se beneficia de la unidad de materiales –marés y piedras de Santanyí y de Felanitx- y de un pavimento único de adoquines cuya forma se inspira en las de la muralla. La labor de los arquitectos incluyó elementos de gran formato, como la extensa lámina de agua entre murallas o el toldo de formas romboidales, azules y amarillas (colores de la marina balear), que sombrea un auditorio al aire libre. Pero se caracteriza también por la delicadeza con que han rehabilitado la muralla, desplegando un repertorio de detalles, de pequeñas y discretas intervenciones, que son guiños a la historia, también a otros arquitectos o a artistas plásticos. Y que han buscado siempre la fusión de la propia voz con la original de la obra.

 

El uso de lenguajes actuales en edificios históricos es siempre arriesgado, como atestigua, por ejemplo, la rehabilitación del monasterio de Sant Pere de Rodes, obra de los mismos arquitectos. Pero en la muralla de Palma, Lapeña y Torres han logrado su objetivo de insuflar nueva vida a una obra antigua conservando su alma. Lo han hecho sin renunciar a cierta vocación escultórica ni al trabajo con volúmenes y huecos. Y lo han hecho con fuerza y, a la vez, contención, como ilustran esos sencillísimos bancos, meras agregaciones de bloques de marés, que salpican el paseo. La mejora ciudadana que emana de su labor es, en suma, muy apreciable.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de noviembre de 2013)