Todos reinventados

25.09.2016 | Opinión

Scott Timberg publicó, hace ahora un año, Culture crash. The killing of the creative class (Yale University Press). En él aborda la asfixia de la industria musical a manos de la piratería, el cierre de librerías o tiendas de discos, la desaparición de periódicos, etcétera. También analiza los efectos de todo eso: la progresiva proletarización y expulsión del mundo laboral de escritores, músicos, editores, arquitectos, periodistas y demás; o de vendedores de libros y discos y otros trabajadores del sector, menos creativos, pero necesarios. Esto es, la lenta, aunque perseverante, liquidación de la clase media cultural.

En los últimos años, argumenta Timberg, se han dado las condiciones para la tormenta perfecta: internet, las redes sociales, una aceleración vital que abona el estrés pero no la reflexión, el imperio de las celebridades y, a modo de colofón, la crisis económica. Es en este marco donde los profesionales de la cultura tropiezan con mayores dificultades para vivir de lo suyo y son gentilmente forzados a reinventarse (y a dejar de dar la tabarra).

El libro de Timberg recibió críticas positivas. Pero también negativas (a algunos les encanta clavar clavos en el ataúd del muerto). Entre las últimas, las de tipos convencidos de que hoy hay tanto o más talento que ayer; que internet es una herramienta sin tacha; que la vida siempre fue dura para los artistas; y, en suma, que el autor es un quejica y lo que nos endosa, una jeremiada.

Es verdad que cada uno de nosotros carga con sus penas y puede vivir muy bien sin las ajenas. Hay quien aconseja no contar nunca los propios problemas a los demás, no por discreción o recato, sino para evitar que contraataquen con los suyos. Pero creo que la alerta de Timberg, aunque tenga algo de corporativista, es oportuna. Y no sólo para los del gremio creativo: en mis peores pesadillas sueño que la revolución tecnológica acabará dejando en el paro a todo quisque. ¿Quien nos iba a decir, unos pocos años atrás, que a los taxistas y a los bancos se les iba a nublar el futuro?

Por ahora, clases creativas como la de los investigadores científicos conservan una buena consideración social y un sueldecillo. Pero eso quizás se deba a que sus descubrimientos podrán ser luego rentabilizados por la industria farmacéutica, la tecnológica o la militar. Por ahora, abogados, cirujanos o magos de las finanzas parecen también insustituibles. Pero ¿para qué querremos abogados el día en que una pariente de la computadora ajedrecística Deep blue, armada con toda la jurisprudencia, pueda operar en un juicio? ¿Acaso los cirujanos no pierden terreno según lo gana su instrumental automatizado? ¿Qué pasará con los brokers el día en que los robots algorítmicos les superen en velocidad, osadía y resultados? (esto creo que ya pasa). Pues pasará que todos ellos se enfrentarán a la precarización que ya sufre la clase creativa y podrán también, al fin, reinventarse. ¡Cómo mola!

(Publicado en "La Vanguardia" el 25 de septiembre de 2016)