Debo mi formación jazzística a mi hermano Jordi, en cuya casa se escuchaba todas las noches a Charlie Parker, John Coltrane, Miles Davis, Charles Mingus o Thelonious Monk. En aquel piso de la calle Provença, cuya densa atmósfera remitía a la de un club de jazz neoyorquino, no sonaron otras músicas más en boga. “El rock y el pop son previsibles –decía Jordi, con indisimulado desdén–; el jazz puede ser una sorpresa continua y mucho más estimulante”.
Esta admiración por los grandes del jazz se hacía extensiva, entre mi hermano y sus amigos, a los jazzmen locales, con los que tenían trato frecuente. En la época que evoco, los años 70, dicho gremio no había consolidado la renovación generacional, y en él descollaba desde casi veinte años atrás el pianista Tete Montoliu, de cuya desapa­rición se cumple un cuarto de siglo este mes de agosto.
Tete –Vicenç Montoliu Massana– fue una rara avis. Su árbol genealógico era ajeno a la conexión afro-americana que alumbró el jazz en EE.UU.. Pero un padre músico, una madre aficionada a Ellington, Waller o Hines, una precoz vocación de pianista de jazz y sus contactos, ya en los 50, con Byas, Hampton y otros, además de un swing personal, le convirtieron en figura internacional.
Tuve ocasión de escuchar a Tete en directo con alguna frecuencia en la Jazz Cava de Terrassa. Guardo un recuerdo imperecedero de las presentaciones que de él hacía Valentí Grau, breves y briosas. Recuerdo, claro, el sonido del piano de Tete, sus raíces en el be-bop, su querencia por el blues, su debilidad por el bolero, su habilidad para alternar ritmos y sensaciones en una misma pieza. Y, por supuesto, recuerdo su repertorio de muecas y sonrisas llamativas, que reflejaban la intensidad de sus interpretaciones y la satisfacción por los pasajes más logrados: una gesticulación facial con un punto de locura, en contraste con su indumentaria formal, sus fulares y su pelo repeinado.
Tete no tenía un carácter fácil. Tampoco era fácil su vida, marcada por la ceguera y por unas largas giras continentales. Era una persona con opiniones contundentes, que no se callaba, y que podía ser muy exigente e incluso herir sensibilidades y convivencias.
Eso se explica, en parte, porque Tete también era muy exigente consigo mismo. En 1967 grabó para el mítico sello Impulse, con Richard Davis y Elvin Jones, un disco que nunca se puso a la venta, porque Tete lo prohibió, alegando que él había tocado muy mal. Ese era también Tete. El mismo que un domingo de concierto era capaz de clavar todas las notas de su torrente pianístico mientras escuchaba, mediante un pequeño auricular, la retransmisión de un partido del Barça.
No será un gran consuelo para ti, Tete, pero sigues vivo en el recuerdo.

(Publiucado en "La Vanguardia" el 7 de agosto de 2022)