Tartas de nata

01.12.2013 | Opinión

La semana que termina nos ha regalado algunas sentencias judiciales llamativas. El martes, la Audiencia de Girona absolvía a la pianista Laia Martín, procesada porque, según la acusación, sus ensayos producían contaminación acústica y dañaron psíquicamente a una vecina, que pedía para la intérprete cinco años y medio de prisión y unos 50.000 euros de indemnización. Esta petición asustó a los muchos niños y niñas que rascan violines y aporrean pianos en casa con el loable afán de cultivar su oído (mientras irritan, a ratos, el de los vecinos). Y sobresaltó a no menos padres, que creían redondear la educación de sus retoños y descubrieron, horrorizados, que los estaban llevando por la senda del delito.

Es cierto que todos preferimos que en el piso de al lado viva un mudo o un impedido sigiloso –y nunca un trompetista, ni una dama que use tacones, ni una pareja en vías de divorcio, ni un hiperactivo, etc.-. Pero también lo es que preferiríamos ver antes en la cárcel a todos los corruptos, aunque para eso hubiera que ampliar el parque de prisiones, que al estudiante de solfeo más torpe.

El miércoles conocimos otra sentencia, esta vez de la Audiencia Nacional, que condenaba a dos años de prisión a tres ecologistas que estamparon tartas de nata en la cara de la presidenta de Navarra en 2011; y a un año de prisión a un cuarto activista que no lanzó tarta alguna, pero estaba en el lugar de los hechos y “levantó los brazos en inequívoca señal de apoyo”. Esta argumentación quizás hubiera complacido a los demócratas en tiempos de franquismo y saludos a la romana. Pero, ahora mismo, la tipificación por parte de los jueces del lanzamiento de tarta como delito de atentado ha causado desazón entre quienes asociamos tales acciones al cine mudo o al circo, pero no a la “kale borroka”.

Es sabido que las condenas a dos años, de no mediar antecedentes, no comportan ingreso en prisión. Pero una condena es una condena y, sin embargo, el acto que censura puede ser bastante menos preocupante que los criterios estrictos y amedrentadores que la propician.

La Justicia está dando últimamente en España alguna que otra satisfacción. Tras muchos años de compadreos e impunidades, de carcoma extendida por el sistema de partidos políticos, vemos juzgar y entrar en prisión a algunos de los que defraudaron la confianza popular. Falta mucho para completar el visionario “¡Todos a la cárcel!” con el que Berlanga tituló uno de sus filmes. Pero algo hemos avanzado. Por ello, y para eludir retrocesos, me permito apuntar que la Justicia se beneficiaría a sí misma, y más aún a los ciudadanos, si evitara causas y sentencias como las de la pianista o los tartazos. O sea, causas donde la aparente desproporción entre la falta o delito perseguidos y el castigo solicitado puede manchar la imagen de la Justicia tanto o más que una tarta de nata que, ella solita,, se estampara en la cara.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 1 de diciembre de 2013)