Se cumple hoy un cuarto de siglo de la muerte de Joan Coromines, gigante de la lingüística y autor, entre otras obras monumentales, del Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, el Diccionari etimològic de la llengua catalana o el Onomasticon Cataloniae. Cuando acabó este último título, en el que había trabajado setenta años, desde los 19 hasta los 89, le pedí a la añorada Rosa Maria Piñol que le entrevistara para La Vanguardia. Conseguir esa entrevista no era nada fácil. El sabio dedicaba entre doce y catorce horas diarias al trabajo, en una habitación atestada de libros y papeles de su casa en Pineda de Mar, presidida por su legendaria cómoda, el cofre del tesoro donde guardaba miles de fichas fruto de su labor investigadora. Y no le quedaba tiempo para más.
Coromines aborrecía la notoriedad, hoy tan codiciada, y llevaba vida de fraile, entregado por entero a su cometido. Se permitía leer­ en su día de descanso semanal, pero no parecía atraído por otros asuntos terrenales. De hecho, según un relato más o menos apócrifo, siendo ya Coromines una persona madura, un colaborador le hizo notar que no había cultivado las relaciones con el sexo opuesto. A raíz del comentario, el filólogo pareció caer del guindo y, pocos días después, al visitar una zapatería para reponer calzado, aprovechó la ocasión para proponerle matrimonio a la dependienta, apenas unos minutos después de haberla conocido. Algunos dejan escrito que, al morir, se done su cuerpo a la ciencia. Coromines ya lo había donado en vida.
Piñol consiguió la entrevista, que publicamos el 27 de marzo del 1994. Era larga, además de excepcional. De modo que le dimos tres páginas en la sección de Cultura, extensión reservada a las entrevistas con el presidente del Gobierno, pero que en el caso de este sabio estaba probablemente más justificada. 
Coromines lucía en las fotos de esa charla como un anciano de residencia: abrigado con un jersey de lana, encorvado en su silla, con la nariz prominente, el pelo blanco, las orejas de soplillo y una mirada acuosa, viva e inquisitiva, que todavía no precisaba gafas, pese a su avanzada edad... Intelectualmente, estaba como un potro, en posesión de todos sus oceánicos conocimientos geográficos, históricos, filológicos e idiomáticos. Según admitía, no se había tomado la molestia de contabilizar las lenguas que podía leer o entender. Pero eran decenas, incluido el árabe, el ruso o algún idioma indígena latinoamericano.
Las claves de la producción de Coromines, además de todos esos saberes, eran dos: el sacrificio de su vida privada y social a la intelectual, y el entusiasmo invariable con el que acometió la tarea todos los días de su existencia, convencido de que realizaba un inmenso servicio al país (inmenso y benéfico, a diferencia del que prestan quienes purgan a funcionarios rectos o enchufan a amigos y familiares en altos cargos, por citar dos casos recientes e indignantes).
Casi todos tenemos nociones de lo que es el entusiasmo, incluso lo hemos experimentado de tarde en tarde. Pero el sacrificio, llevado a tal extremo de generosidad, es una rareza. 
El tipo de sacrificios que descubrimos en la historia sagrada eran otra cosa y carecían de atractivo: si eras un cordero, un niño o una doncella y pasabas por el lugar inadecuado en el momento inoportuno podías acabar degollado de la manera más tonta, sin otro propósito que aplacar la ira de unos dioses invisibles pero insaciables. Y qué decir de los sacrificios bélicos de la llamada carne de cañón. Pero el sacrificio autoimpuesto, la abnegada privación de las mieles de la vida, es otra cosa. Es cierto que puede ser un sacrificio inútil o embrutecedor. Recuerdo a un marroquí de Fez, sentado como principal reclamo a la puerta de una tienda de artesanía por su avispado hermano, propietario del comercio, que con la mirada ida martilleaba el buril sobre la bandeja de cobre para darle el relieve deseado, maravillando con su velocidad y precisión de autómata a los turistas. Pobrecito: era un zombi total.
Pero cuando el sacrificio es como el de Coromines, y consiste en desarrollar capacidades y saberes únicos, la cosa adquiere gran elevación, y puede convertirse en el mayor ejemplo de civismo: la disposición a beneficiar al prójimo con el talento y el sacrificio propios.
Gratitud eterna a Coromines.

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de enero de 2022)