Si yo fuera japonés

04.09.2016 | Opinión

Río 2016 cerró sus Juegos pasando el testigo a Tokio 2020: el animoso alcalde Eduardo Paes se lo entregó a la alcaldesa Yuriko Koike, vestida para la ocasión con el tradicional kimono. Ahora bien, a ambos les robó todo protagonismo en la ceremonia de clausura el primer ministro japonés Shinzo Abe, disfrazado de Super Mario, el personaje de videojuego de la firma Nintendo. ¿El representante de la cuarta economía mundial, una auténtica potencia industrial y tecnológica, se exhibió vestido de muñequito ante la audiencia global? Eso es, así fue. En la ceremonia, el orgulloso nacionalista Abe rubricó en carne y hueso la tarjeta de presentación de Tokio: un filme de animación en el que Super Mario horadaba la Tierra y disponía una larga tubería verde para que su álter ego Abe pudiera atajar y llegar a tiempo a Río.

Si yo fuera japonés, quizás me preguntaría qué me parece que mi primer ministro se luzca en el estadio de Maracaná vestido de Super Mario. Se me ocurren varias respuestas, y ninguna me gusta: es degradante, es ridículo, es infantiloide, es la prueba de que la refinada cultura de la ceremonia del té, del sintoísmo o de los grabados de Hokusai ha sido barrida en dirección al desván de la historia. Y reemplazada por el manga, el anime, el videojuego y el cosplay (la afición a disfrazarse como los personajes de ficción de tales géneros, muy extendida aquí entre los visitantes del Salón del Manga, pero todavía no entre la clase política).

No quisiera ponerme dramático. Pero los hechos son los que son: el premier de un país cuyo emperador aún es venerado como un dios se ha mostrado como un fontanero de dibujos animados. Porque eso es Super Mario: un fontanero, de origen italiano por más señas, dotado con poderes mágicos (que ya querría para sí Abe a la hora de relanzar la economía japonesa)… Cierto es que fue un visto y no visto: el disfraz de Super Mario, mono azul y camisa roja, cayó en una fracción de segundo a los pies del premier (como si también él dudara de su idoneidad), revelando un traje y una corbata de lo más formal. Sólo conservó Abe la gorra de Mario y una esfera roja, que simbolizaba el sol naciente nipón pero parecía una pelotita.

Como no quiero ponerme dramático (y además me guía un espíritu positivo), añadiré que esa combinación de kimono y disfraz de videojuego refleja muy bien uno de los principales encantos del Japón: la convivencia de las tradiciones ancestrales con los más asombrosos progresos de la era digital. Y, también, que Super Mario se ha ganado su papel de mascarón de proa vendiendo previamente 40 millones de videojuegos. Y que a diferencia de Brasil, que ha invertido lo que no tenía en los Juegos y ahora sufre una resaca de campeonato, Japón los encara con más dinero y como una ocasión para desplegar y vender sus productos de última generación. (El sector de los juegos electrónicos japonés está valorado en 50 billones de dólares. Aunque también es verdad que los beneficios de Nintendo han caído de 18.700 millones anuales en el 2009 a 4.500 el año pasado, y está obligado, para remontar, a aclimatar a sus famosos personajes –Pac Man, Hello Kitty, Doraemon…– a los teléfonos móviles, como ha demostrado este verano el éxito de la aplicación de Pokémon Go.)

Esto último –aprovechar los Juegos para hacer branding nacional– quizás no constituya la más alta expresión del movimiento olímpico, que dice perseguir un “estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales”. Pero es una prueba de realismo y de pragmatismo. Porque tras el hipnotizante mantra de superación y gloria deportiva de los Juegos se agazapa un negocio muy suculento. Lo es para el Comité Olímpico Internacional que los tutela. Lo es para la cadena televisiva norteamericana NBC que los emite y que, para conservar la prebenda, no parpadea a la hora de comprar sus derechos de seis en seis por cantidades astronómicas. Lo es, además, para los abundantes corruptos que los parasitan. Y lo ha sido también para ciudades como Barcelona, que pensaron más allá de la ceremonia de clausura y aprovecharon la ocasión para remodelarse y recuperar posiciones en la escena global. Pero esos mismos Juegos pueden ser un fiasco para países en desarrollo que, en pos de una vistosa retransmisión televisiva, concebida para renovar su imagen, hacen inversiones públicas excesivas, amontonan instalaciones sin mucho uso posterior y engrosan la hipoteca colectiva.

Dicho esto, recordaré que el lema de Tokio 2020 es “Descubre el mañana”. Y que el aperitivo de ese mañana todavía por descubrir ha sido un primer ministro vestido de Super Mario. He aquí una inquietante promesa de futuro.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 4 de septiembre de 2016