Si tengo nietos, si salen curiosos, si algún día me preguntan qué fue el procés, quizás les responda algo así: un intento mal organizado, mal gestionado y menos democrático de lo que se pretendió, aunque muy ilusionado, para segregar a Catalunya de España. Si a continuación me preguntan cómo eran las personas que encabezaron este fracaso les diré que había de todo: Artur Mas, negociador infructuoso y líder mesiánico; Oriol Junqueras, obstinado pedagogo de la independencia, con fondo algo iracundo; Quim Torra, xenófobo incapacitado para actuar en una sociedad diversa; Carles Puigdemont, dispuesto a seguir sosteniendo, a estas alturas, que todo es siempre culpa de los demás... Ahora bien, estas personas coincidían en algo significativo: eran de clase media y solían medir sus palabras.
Bueno, todas, todas no. Porque entre los caudillos independentistas había uno distinto, que no había estudiado en Aula­, ni tenía a gala su catolicismo, ni había trabajado para una aseguradora en Suiza, ni era independentista de toda la vida: Gabriel Rufián, el hoy –todavía– portavoz de ERC en el Congreso.
Aunque acabó ostentando cargo tan distinguido, Rufián creció en el barrio del Fondo de Santa Coloma de Gramenet, y empezó a ganar proyección pública como miembro de Súmate, una asociación, tirando a inverosímil, de castellanohablantes por la independencia de Catalunya. Rufián es un genuino producto de la calle, que trasladó a la política los modos de lo que los anglosajones denominan un streetwise. A veces, con declaraciones hirientes; a veces, con tuits afilados; a veces, con descalificaciones o insultos en sede parlamentaria. A su lado, la callejera y pandillera Ayuso es una aprendiz, una sobrevenida, accionada además con mando a distancia.
Los dirigentes de ERC, partido de tradición menestral, han apreciado durante años las salidas de tono de Rufián, su estilo desacomplejado y pugnaz, tan de extrarradio, y han soñado que pudiera ejercer en dicha zona –caladero donde a menudo pescan más votos los partidos rivales– una labor de apostolado para la causa independentista. De manera que le han jaleado, por activa o por pasiva, cuando practicaba su estilo emparentado con el de chulo de playa o de discoteca, que ellos no suelen permitirse, pero que Rufián ha convertirlo en marca de la casa. Y que, digámoslo todo, ha animado sesiones del Congreso soporíferas, condenadas al olvido inmediato.
Ahora Rufián lleva unas semanas contenido, calladito. Pero para ilustrar ante mis nietos lo que acabo de describir, podría referirles algunas de sus intervenciones previas y más celebradas. Como cuando tachó de hooligan a Josep Borrell, entonces ministro de Exteriores. O cuando en el 2017 trató de Judas al presidente Puigdemont, criticándole su supuesta tibieza en el camino hacia la independencia. O cuando, hace algo más de un mes, le trató de tarado, precisamente por haberla proclamado.
A ver, tarado no es lo peor que se le puede decir a un congénere. Aplicado a géneros o mercancías, significa solo defectuoso o estropeado (tarde o temprano, la vida lo estropea todo). Pero también es cierto que aplicado a personas no anda lejos del insulto, porque alude a taras, particularmente a las psíquicas. Y no es menos cierto que aquel tarado lanzado contra Puigdemont parece haber colmado el vaso y cambiado la suerte de Rufián. Ya le reprenden sus superiores por las gracias que antes le aplaudían. Ya parece ir tomando más cuerpo su candidatura a la alcaldía de Santa Coloma, lo que quizás le parecerá un paso atrás a quien tanto se ha gustado y tanto ha disfrutado en la tribuna del Congreso.
A veces, escuchando los exabruptos que Rufián ha proferido en público contra sus rivales, me he preguntado cómo debían ser los que él y sus jefes les dedicaban en privado. Por ello, y suponiendo que, en el mismo año en que ha cumplido los 40, Rufián pudiera perder el favor de los suyos e iniciar la ruta del declive, quisiera agradecerle la naturalidad con que se ha comportado. Ciertamente, sus maneras no han mejorado la vida pública. Más bien lo contrario. Pero al menos Rufián no ha abundado en el fariseísmo o la doble faz de quienes ahora podrían mostrarle –o le han mostrado ya– su dedo pulgar apuntando hacia abajo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de julio de 2022)