Sean, Kate y el Chapo

17.01.2016 | Opinión

Si volviera a nacer, Sean Penn quizás sería periodista. El actor norteamericano es un lector de prensa escéptico. Cree que los medios que sigue le ofrecen una visión parcial de la realidad. Y, en lugar de leer otros, a veces opta por desplazarse a escenarios de conflictos para dar su versión de los mismos o echar una mano. Es como si a mí me desagradara una de sus interpretaciones y, en lugar de salirme del cine a media película, me postulara para encarnar su papel en la próxima.

En su afán corrector, Penn ha protagonizado acciones varias. Estuvo ayudando en New Orleans cuando el Katrina, y en Haití tras el seísmo del 2010. Pero también fue a Iraq en vísperas de la invasión de Bush, para contar cómo estaban allí las cosas, y se entrevistó y fotografió con el difunto Hugo Chávez, para disgusto de las autoridades de EE.UU.

Estas hazañas de Penn palidecen ante su visita al Chapo Guzmán, rey del narco mexicano, con quien se reunió en octubre, meses antes de que fuera detenido. La cosa no fue fácil. Llegar hasta el hombre más buscado por la Marina mexicana y la DEA de EE.UU. no lo es. Para ello contó con la ayuda de Kate del Castillo, actriz protagonista de la teleserie La reina del Sur, según novela de Arturo Pérez Reverte, mujer por la que el capo sentía debilidad. Juntos emprendieron un viaje de película hacia los montes donde se ocultaba el Chapo. Penn lo narra en la edición de Rolling Stone de principios de enero, publicada a los dos días de la captura del narcotraficante. Y remata su extenso texto con una corta entrevista que el Chapo grabó a su aire, para él y para Kate, cuando ambos ya habían partido.

En ella, el Chapo se vanagloria de ser el mayor traficante mundial de cocaína, heroína, metanfetamina y marihuana. Pero dice no sentirse responsable del daño que producen las drogas: la pobreza le empujó hacia el tráfico y cuando él no esté, añade, seguirán vendiéndose. Tampoco abunda sobre la violencia que lleva aparejada su trabajo y ha causado, en pocos años, decenas de miles de muertos, entre ellos no pocos periodistas. El Chapo añade, acaso para descargar algo más su ligera conciencia, que si no hubiera consumo no habría ventas. En eso sintoniza un poco con Penn, que en un pasaje de su texto menciona a los consumidores como cómplices indirectos del crimen y la corrupción que genera el narcotráfico.

Es un punto de vista interesante. Si nadie fumara hierba o esnifara coca, el imperio del Chapo caería. Pero no va a ser sencillo poner de acuerdo a todos los adictos y a los usuarios ocasionales para que lo dejen. Sería más fácil despenalizar el consumo. Eso alejaría al público de los delincuentes, abarataría precios y daría beneficios al Estado, como el tabaco o el alcohol. Privaría a Penn y Del Castillo –eso sí– de experiencias más excitantes y reales que las que les brinda la esfera hollywoodiense. Y, además, dejaría al Chapo sin su negocio y nos libraría al resto de sus peligrosas consecuencias.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 17 de enero de 2016)