De paseo por la Diagonal, veo una tienda de productos cosméticos. No frecuento estos establecimientos ni suelo fijarme en ellos. Pero una frase escrita en la luna del escaparate me atrapa. Dice así: “Tu camino hacia la paz interior”. Interpreto, por tanto, que dicho comercio publicita sus productos como bálsamo corporal y, también, como un resorte para accionar la paz interior de sus clientes. Es decir, además de fragancias, cremas, jabones y velas aromáticas, en esa tienda se vende paz interior. ¿Quién dijo que el ciclo del progreso se había agotado?

En lugar de entrar y comprar toda la paz interior que me falta, como haría una persona en sus cabales, pienso que ahí hay tema para un artículo. Maldita deformación profesional. Yo creía que la paz interior, esa sensación de equilibrio y bienestar por la que uno se siente en armonía consigo mismo y con el mundo era un ideal escurridizo, una quimera. Para lograrla, algunos están dispuestos a vestirse de monje budista, emigrar al Tíbet y levantarse al alba, cada día, para sus oraciones y sus ejercicios respiratorios. Pues ahora resulta que la paz interior la venden en la esquina. Y no descarto que te la traigan a casa si la pides vía Amazon.

Si se puede comprar paz interior a un precio razonable, la felicidad no debería ser muy cara. De hecho, parecen productos de gama similar. Es más, quizás los despachen en ese mismo comercio. Los humanos hemos buscado la felicidad desde la noche de los tiempos. Los sabios aseguran que la felicidad es el sentido último de la vida. Otros, menos sabios o más atolondrados, han cometido imprudencias con tal de acariciarla.

Quiero saber más. Entro en la web de dicha tienda y me entero de que se integra en una cadena creada a inicios de siglo para transformar las abluciones cotidianas en “momentos repletos de significado”. La idea es buena. Lo prueba una red que suma ya casi 900 sucursales. Como suponía, dispone de un surtido de productos irresistible. No sólo vende paz interior. También leo que sus productos, de inspiración oriental, ayudan a crear “simple y pura felicidad” y “enriquecen el cuerpo y el alma”. ¡Uau! ¡La paz interior, la felicidad y un alma enriquecida al alcance de todos!

Estoy por echarme a los caminos a predicar la buena nueva. Pero de repente pienso que algo chirría. ¿He leído “alma enriquecida”? ¿No era el alma, por definición, la parte inmaterial del ser humano? ¿No era un elemento espiritual, intangible, no embotellable ni comercializable? ¿Qué hace ahora en la oferta de un comercio? El castillo en el aire se va desmoronando. Quizás esa alma enriquecida sea la propia del comercio que nos ocupa –me digo–. Pero para que exista son necesarias otras. Por ejemplo, las almas de cántaro, o las almas de Dios, que siempre fueron ingenuas y crédulas, y ahora son además consumistas y, por consiguiente, son pasto (y pasta) para los vendedores de paz interior.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de enero de 2017)