No fue muy allá la Real Academia Española (RAE) al incluir, el año pasado, la voz “berlanguiano, na” en su diccionario y definirla así: “Perteneciente o relativo a Luis García Berlanga, cineasta español, o a su obra”. El también realizador José Luis Borau fue más explícito, en su discurso de ingreso en la RAE (El cine en nuestro lenguaje, 2008), al calificar lo “berlanguiano” como “una visión agridulce y conmovedora de nosotros mismos” y, de paso, proponer la incorporación de dicho término al diccionario, petición que sería atendida con gran diligencia, doce años después. Modestamente, voy a sugerir otra definición: “dícese del relato que describe la realidad con ánimo satírico, crítico y demoledor, pero empático con sus protagonistas, a la manera de las películas de José Luis Berlanga”.

La mayor satisfacción que puede esperar un creador está relacionada con la que sus obras producen a la audiencia. Un escritor aspira a tener muchos lectores y un cineasta a rodar muchas películas de éxito, porque esa es la prueba de que su esfuerzo alcanza y complace a gran número de personas. Son pocos los que lo logran. Y menos los que, además de eso, han conseguido que su apellido alumbre un calificativo. Es el caso de kafkiano –ante el que la RAE concreta un poco más: “Dicho de una situación absurda, angustiosa”– o de borgiano, como antes lo fue de dantesco o de sádico. Eso, en el ámbito literario. En el cinematográfico tenemos charlotesco, felliniano, buñuelesco o berlanguiano. Adjetivos, todos ellos, que remiten a los rasgos característicos de ciertos creadores, y les franquean las puertas de la posteridad. Porque esta no depende ya solo de la vigencia de sus producciones, siempre al albur de modas y gustos cambiantes, sino que pervive en el lenguaje de uso diario.

Nunca agradeceremos lo suficiente a Berlanga su filmografía, jalonada por títulos excelentes como ¡Bienvenido, Mr. Marshall!, El verdugo o La escopeta nacional. Porque esos y otros filmes tuvieron la virtud de situar al país ante el espejo y de reflejar la ridiculez de algunas de sus más arraigadas costumbres, esperanzas o creencias y, así, zarandear sus estructuras. Todo ello, con un discurso coral, caótico y sin embargo tan efectivo al retratarnos.

Creadores como Berlanga, que tan buenos ratos nos han dado con sus películas, se echan ahora en falta. Porque bajo una capa de presunta modernidad, de Agenda 2030, de quimeras secesionistas rebosantes de dignidad, España, Catalunya y demás siguen precisando esa visión cáustica e inmisericorde, capaz de presentarlas como son y ayudarlas a superar sus defectos. Por desgracia, Berlanga, cuyo centenario conmemoramos estos días, no está entre nosotros. Pero su manera de hacer le ha granjeado  ya una entrada en el diccionario, que confiamos inspire a otros creadores dispuestos a tomar su relevo. Los necesitamos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 30 de mayo de 2021)