Riesgos del ultrapluralismo

24.01.2016 | Opinión

Estoy a favor del pluralismo. En primer lugar, porque es una expresión de la diversidad humana. En segundo, porque el pensamiento único es deplorable y las dictaduras, aborrecibles. En tercero, porque el pluralismo propicia sociedades abiertas, dialogantes, tolerantes y avanzadas. Dicho lo cual, dedicaré esta nota a los riesgos del ultrapluralismo. Esto es, la enfatización partidista de la diferencia y sus efectos; por ejemplo, la fragmentación social, las dificultades para formar gobierno y, al fin, un triunfo del monismo en nombre del pluralismo: los extremos se tocan.

No voy a sumarme al coro de críticas a los recién llegados al Parlamento. La entrada de las fuerzas emergentes ha dado lugar a una sucesión de comentarios sobre su vestimenta, su peinado y sus florilegios verbales a la hora de prometer el cargo. Han sido comentarios a veces comprensibles aunque, con mayor frecuencia, zafios. Cada cual es libre de opinar lo que quiera. Pero la libertad de expresión es un derecho al que no se rinde tributo exhibiendo nuestras miserias intelectuales, sino nuestras mejores ideas. Si estas últimas escasean, siempre se puede callar. Sin olvidar que esos políticos emergentes ocupan escaños porque muchos españoles así lo han querido. Del mismo modo que otros han preferido que les representen partidos más veteranos, porque legítimamente se consideran conservadores o socialdemócratas, y no por ello cómplices de la corrupción de tantos dirigentes.

En teoría, el pluralismo es siempre apreciable. Pero aplicado sin tasa en la acción, interior o exterior, de las formaciones políticas puede tener efectos contraproducentes. Ejemplo de ámbito interior: la errática evolución asamblearia de la CUP desde el 27-S hasta el acuerdo de investidura del presidente Puigdemont; a sus bases podrá parecerles un paradigma de democracia interna, pero a muchos votantes ocasionales les ha defraudado. Ejemplo de ámbito exterior: el pluralismo es estupendo en la arena política… hasta que cada uno de sus practicantes empieza a anteponer su interés a la necesidad de alcanzar acuerdos con fuerzas rivales para asegurar la buena marcha del país.

El partidismo no es más importante que el país. El país debe funcionar, los ciudadanos deben estar atendidos. Pagamos impuestos y no es de recibo que la gestión del país no sea la mejor posible. Cada fuerza política es como es, y eso puede constituir una virtud. También una rémora cuando la mejor virtud se enroca, flirtea con el dogmatismo y, así, se transforma en su peor vicio. Nos interesa relativamente el músculo que quiera mostrar cada partido en la defensa de sus peculiaridades. Nos interesa más el músculo que puedan formar todos ellos en materia de compromiso. Seguro que será más fuerte.

Instalarse –y no digamos repatingarse o abandonarse– en dicho ultrapluralismo es inadecuado en muchas circunstancias. Y, en la presente, más. La diferencia y el debate son enriquecedores cuando se orientan hacia el progreso de la sociedad, pero no cuando se eternizan en una dinámica asamblearia o en la defensa cerrada y refractaria al pacto de unos principios minerales. La dimensión de los desafíos nacionales es de todos bien conocida: ganan cuerpo a medida que avanza el ultrapluralismo y lo pierden las distintas formaciones. Y la dimensión de los desafíos globales, que preferimos mirar de reojo, como si esto bastara para aplazarlos sine die, es enorme; la única manera de afrontarlos con posibilidades de éxito se fundamenta en el acuerdo –que siempre implica alguna renuncia– y la acción coordinada, sin distinción de credos o filiaciones políticas. Siguen tres ejemplos. A) Por el mero hecho de no promover el califato universal, todos somos ya objetivos potenciales del yihadismo que, a la espera de disponer de armas superiores, siembra el terror con kalashnikovs y cinturones explosivos. B) Las consecuencias del cambio climático han aflorado diáfanamente en los días primaverales, e incluso veraniegos, que hemos vivido en recientes fechas invernales. C) La polarización de la desigualdad es un polvorín con la mecha ardiendo. Todas estas realidades requieren no ya de parlamentos nacionales con cierta cohesión y vocación de progreso: requieren de alianzas transnacionales, imprescindibles para encarar problemas comunes perentorios y globales; problemas que convierten las preocupaciones localistas, al menos en los países desarrollados, en no prioritarias.

El pluralismo es un fundamento de la sociedad avanzada. Su hipertrofia puede ser un lastre. La primacía de la diferencia sobre el interés común es siempre miope y llega a ser contraproducente. No verlo así da alas a aquel lamento de Joseph Arthur de Gobineau, recogido por Adolfo Bioy ­Casares: “No venimos del mono, vamos hacia él”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 24 de enero de 2016)