EL piano de Bill Evans aportó al jazz una intimidad, una delicadeza y un lirismo inigualados. El de Bud Powell, velocidad bebop y elegancia. El de Oscar Peterson incorporó un swing en ocasiones endiablado. El de Errol Garner, un estilismo relamido y, sin embargo, entrañable… Ahora bien, si hubiera que elegir entre todos los pianistas de la era clásica del jazz quizás me inclinaría por Thelonious Monk, de cuyo nacimiento (el 10 de octubre de 1917) se celebrará muy pronto  el centenario. ¿Por qué? Pues porque su piano, personalísimo, desafía toda convención, discurre por caminos imprevistos, no elude ningún riesgo y sale siempre con bien del envite.
La impresión que se tiene al escuchar a Monk por primera vez es que no acierta las notas. Parece pulsar las teclas un instante antes o después de lo que parecería adecuado para ir armonizando la melodía. Los ritmos se resienten, aunque no para mal: simplemente se desarrollan en un plano y con una cadencia que no son habituales. Pese a lo cual, cada una de sus notas, espaciadas y refulgentes, está cargada de sentido, y todas encajan en un orden musical tan singular como estimulante. Ese orden atrapa a quien le escucha, porque Thelonious ilustra como pocos músicos la esencia del jazz, que tiene mucho de rítmica y de imprevisible. Además, le añade emoción: esas disonancias de Monk parecen llevarle al precipicio. Pero nunca se despeña. Por el contrario, en el filo da mayor profundidad y dramatismo a los temas tocados.
La vida de Monk no fue sencilla. A pesar de su papel en el nacimiento del bebop, la fama se la llevaron –por méritos propios extraordinarios– Charlie Parker o Dizzie Gillespie. Monk nunca se enriqueció. Halló el apoyo femenino, eso sí, ya fuera el de su esposa Nellie o el de la mecenas Nica Koenigswarter, que le dio cobijo en sus últimos y apáticos años. Pero el estilo de vida excesivo y acelerado de los jazzmen –alcohol, marihuana, anfetaminas, etcétera– sumado a un trastorno bipolar heredado de su padre, le mermaron. Pasó los años previos a su muerte tumbado en la cama, sin hacer nada, como si se limitara a esperar el final. 
“Lo que está mal está bien”, dijo Monk sintetizando su muy particular aproximación a la música de jazz. “Toca a tu manera –añadió–. No toques lo que el público quiere que toques. Toca a tu manera y dale a la audiencia la oportunidad para que lo aprecie, aunque eso le tome quince o veinte años”.
Monk opinaba que el genio debía tratar de parecerse mucho a sí mismo. Tenía razón aunque, claro, sólo lo conseguirán quienes llevan a un genio en su seno. Monk lo llevaba. Y acertó al seguir su propio consejo. En primer lugar, porque nos legó una música muy sugerente e hipnótica. En segundo, pero no menos importante, porque cada día abunda más la tendencia a escuchar lo previsible, la réplica, lo reiterado, el refrito. Y cuanto más abunda, más se agiganta Monk.

(Publicado en "La Vanguardia" el 10 de septiembre de 2017)