Hemos tardado 113 años en cerrar la Modelo de Barcelona. Pero ya se oyen voces favorables a conservar, al menos en parte, su siniestro edificio. No como cárcel, claro, sino como un centro en el que se preserve la memoria de la represión penal. Argumentan dichas voces que su panóptico, con galerías ordenadas sobre planta radial y controladas desde un ojo central que todo lo ve y castiga, es un paradigma arquitectónico digno de preservación.

Naturalmente, también hay partidarios de demoler la Modelo. Entre ellos, quien esto escribe. Las razones son varias. Aquí expondré tres. La primera es que, en una ciudad con escasez de áreas verdes como Barcelona, las dos manzanas del Eixample que ocupa la Modelo rendirían un buen servicio transformadas en amable espacio público, salpicado con algún que otro equipamiento. La segunda razón es que se puede digitalizar la memoria de la Modelo, hasta su detalle más escabroso, y colgarla en la red. Y la tercera, y acaso más importante, es que resulta del género tonto fosilizar la arquitectura panóptica de la Modelo, como quien se libra de un venenoso escorpión encerrándolo en ámbar (y de paso saborea una sensación de victoria histórica), cuando lo cierto es que estamos más controlados que nunca. Por una parte, ya todos, y no sólo los penados, vivimos sometidos a la vigilancia insomne de un panóptico digital y globalizado. Quizás nos hayamos librado de esa tortura arquitectónica que ha sido la Modelo. Pero estamos más expuestos que nunca a los ojos clandestinos de un poder omnímodo, ubicuo y prácticamente invisible. Lo que antes fue una condena para unos pocos ahora nos alcanza a todos. Por otra parte, es conveniente señalar que la conservación tendría un coste considerable,  con cargo al erario: no es barato sanear un edificio viejo, obsoleto y de compleja adaptación a nuevos usos.

Se ha dicho a menudo que la insensata exposición de nuestra intimidad en las redes sociales facilita mucho la tarea a quienes pretenden vendernos viajes, libros, ropa, electrodomésticos, armas o cualquier otro bien comercializable. Uno pulsa la tecla like unas pocas veces y las centrales de ventas de las grandes compañías saben ya con qué tipo de publicidad tienen que bombardearle selectivamente. Pero hay algo peor que eso. Porque el uso político de esta información puede determinar no ya lo que hacemos con nuestro ocio, nuestro dinero o nuestra indumentaria sino, directamente, a quién damos nuestro voto en las próximas elecciones. Es decir, qué mundo contribuimos a construir.

La revista Newsweek publicaba en portada semanas atrás un reportaje estremecedor titulado “Con el cerebro lavado” y subtitulado “Cómo el big data está corrompiendo la democracia”. Lo ilustraba mediante el dibujo de una fila de ciudadanos, con ojos como platos clavados en su teléfono móvil, camino del colegio electoral donde iban a depositar su voto. Precisaré que en este caso su no significa exactamente propiedad intelectual (del voto o de sus fundamentos), sino simplemente titularidad del mismo. Porque ya no siempre es el ciudadano el que, ejerciendo su libre albedrío, vota por un candidato. Con frecuencia, sin saberlo, vota inducido.

Leyendo dicho reportaje uno se enteraba de que algunos candidatos republicanos, entre ellos el que se convirtió en presidente de EE.UU., usaron los servicios de empresas que, basándose en la información facilitada por los propios ciudadanos, emitían el mensaje adecuado en el momento oportuno para hacer ­caer en su cesta el voto de cada uno de ellos.

La mezcla de big data, redes sociales, inteligencia artificial, algoritmos y lo que se conoce como “perfilado psicográfico” de la ciudadanía, permite influir con mensajes personalizados y persuasivos sobre cientos de millones de electores. Esto no es una amenaza teórica. Esto ya se ha hecho.

Por todo lo dicho hasta aquí, reitero mi propuesta de derribar la Modelo y sustituirla por un parque, equipado, eso sí, con un centro de estudio y denuncia del moderno panóptico digital que ya dirige, subrepticiamente, nuestras vidas. Si lo que se pretende es aprovechar la ocasión para enviar un mensaje relativo a lo horrible que fue la Modelo, no nos detengamos en la mera evocación de sus miserias pretéritas. Concentremos, por el contrario, en alertar y educar a los más jóvenes acerca de las miserias que nos acechan en el presente y en el futuro tecnificados. Una cosa es cultivar la memoria y extraer de ella las enseñanzas pertinentes. Otra es entronizarla y darle, irreflexivamente, prioridad. Esta costumbre de estar siempre mirando atrás, lamiéndonos las heridas, cuando por delante nos enfrentamos a desafíos colosales, puede acabar matándonos a todos. Incluidos los que sobrevivieron a su paso por la Modelo.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 25 de junio de 2017)