Protestar y proponer

12.05.2013 | Opinión

Concepción –Connie– Picciotto nació en Vigo en 1945, emigró a EE.UU. en 1960 y se ha pasado los últimos 32 años –uno tras otro– protestando ante la Casa Blanca. Tanto si el sol abrasa Washington como si el termómetro marca mínimas y el viento agudiza la sensación de frío, tanto si llueve como si nieva o hiela, Connie permanece junto a sus pancartas contra las armas nucleares. Su perseverancia la ha convertido en una celebridad local y ha valido a su actividad el título de protesta política más larga de la historia. A su lado empequeñecen hazañas como la del difunto mosén Xirinacs ante la cárcel Modelo contra un régimen que no daba la amnistía, o como la del finado cineasta Antoni Ribas en la plaza de Sant Jaume contra un régimen que no le subvencionaba.

Connie se plantó ante la Casa Blanca poco después de que la ocupara Reagan. Cuando Reagan salió, ella seguía allí. Luego entraron y

salieron Bush padre, Clinton y Bush hijo. Y Connie siguió allí, con el rostro curtido por la intemperie, como sigue ahora con Obama en la presidencia. Para unos, Connie es una heroína. Para otros, una anciana –77 años– paranoica que precisa atención psiquiátrica. Abona esta última opinión el hecho de que no se quite nunca un casco con el que dice protegerse de las ondas electromagnéticas que le envía con fines aviesos el gobierno de EE.UU.

Tal y como está la calle en España, rebosante de protestas, ya tenía yo ganas de revisar el concepto protesta. Pero, al enterarme de que una compatriota es plusmarquista mundial de la especialidad, me he propulsado hacia el diccionario de la Real Academia Española (RAE). Para mi sorpresa, hay que llegar a la cuarta acepción del verbo protestar para leer lo que suele entenderse por ello: expresar impetuosamente queja o disconformidad. La primera acepción es sensiblemente distinta: declarar o proclamar un propósito. (Por no hablar de la tercera: hacer el protesto de una letra bancaria). Si la RAE no yerra, protestar significa antes proponer que rechazar.

 

No les voy a enmendar la plana a los muchos ciudadanos que hoy en día protestan en España, ya sea porque les atrapó el paro, los corruptos saquearon los recursos públicos o una entidad financiera de confianza les endilgó unas preferentes ruinosas. Motivos para salir a la calle no faltan. Pero añado que si cada protesta trajera aparejada una propuesta alternativa basada en razonamientos sólidos, habríamos dado un paso más hacia el final del túnel. Porque habida cuenta de las soluciones que anuncian los que mandan para medio y largo plazo (y que nunca llegan), todas las ideas que puedan ponerse sobre la mesa serán bienvenidas. Algunas, vehiculadas por iniciativas populares, incluso pueden llegar a materializarse. Lo cual sería reconfortante. Y, de paso, nos ahorraría la indeseable posibilidad de ponernos el casco de Connie y batir su récord.