Nikita Jruschov, primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética (URSS) entre 1953 y 1964, protagonizó junto al presidente de EE.UU. John F. Kennedy uno de los episodios más alarmantes de la guerra fría, la crisis de los misiles de Cuba, que en 1962 nos colocó al borde del conflicto nuclear. Pero, años después, Jruschov evocó aquel pulso con menor dramatismo y más guasa: “Si [tras esa crisis] me hubieran asesinado a mí, en lugar de a Kennedy, la mayor diferencia para la historia hubiera sido que, probablemente, Onassis no se habría casado con mi viuda”.

Este tono desenfadado de Jruschov –cuya esposa, Nina, era bastante menos agraciada que Jackie Kennedy– admite interpretaciones. Una de ellas, sin negar el riesgo que para la paz mundial entrañan las disputas entre EE.UU. y Rusia, podría ser que estas tienen también un ingrediente teatral. A veces sus respectivos mandatarios enfatizan las diferencias, no porque estén a un paso del estallido bélico, sino porque así cohesionan el espíritu nacional. Es algo que funciona: tres cuartos de siglo después del inicio de la guerra fría, el 70% de los rusos ve aún a EE.UU., por cuyo estilo de vida suspira, como un enemigo.

Ciertamente, la guerra fría existió. Los desencuentros entre Estados Unidos y ­Rusia han sido numerosos tras la Segunda Guerra Mundial: desde la creación de la OTAN en 1949 hasta la caída del muro de Berlín en 1989, pasando por la guerra de Corea (1950-1953), la formación del Pacto de ­Varsovia en 1955, la invasión de ­Hungría en 1956, la citada crisis de los misiles o la ­guerra de Vietnam, que no acabó hasta 1975.

Pero también es cierto que no se llegó al conflicto nuclear irreversible, y que ambas potencias fueron progresando. Rusia, por ejemplo, pasó del comunismo a la actual oligocracia –cleptocracia, dicen otros– sin que el proletariado se rebelara.

Nada de eso impide que los choques entre Rusia y Occidente, encabezado por EE.UU., prosigan. Sus relaciones fueron, son y (seguramente) serán malas. Sus úl­timos episodios relevantes han sido la anexión de Crimea en el 2014, que propició sanciones económicas occidentales, la guerra en Ucrania y, hace dos semanas, el feo asunto del avión de Ryanair desviado de su ruta de Atenas a Vilna y llevado a la capital bielorrusa, Minsk, para así poder arrestar a un periodista incluido en su pasaje. Visto lo visto, los vuelos comerciales sobre Bielorrusia, donde impera el dictador Lukashenko, presunta marioneta del Kremlin, son ya un deporte de riesgo.

Todos estos excesos del mundo postsoviético son mal vistos en EE.UU. y en la Unión Europea. Como lo fueron la injerencia en las presidenciales que ganó Trump, los ciberataques contra EE.UU. o el envenenamiento del opositor Alexéi Navalni. La llegada de Biden a la Casa Blanca no ha mejorado sustancialmente las cosas. Hace unas semanas, el flamante presidente calificó en la ABC a Putin de “asesino”. Y este le devolvió el cumplido afirmando que Biden proyectaba sobre los demás su personalidad y la de su país, remontándose a los tiempos del esclavismo, el exterminio de los nativos americanos (con la inestimable ayuda del Séptimo de Caballería) y la bomba de Hiroshima.

Diríase que Biden y Putin están a punto, como sus antecesores, de pegarse. Pero el día 16 tienen su primera cita como presidentes. Será en Ginebra, y no precisamente en un cuadrilátero. Eso no significa que vayan a salir de ella con muchos acuerdos firmados bajo el brazo. Pero no será por falta de temas en la agenda, empezando por la revisión y recíproca condena de las varias maneras con que ambos se chinchan casi a diario. Y siguiendo por el control de las armas o una deseable colaboración ante la crisis climática.

En fin, business as usual. Desde que George Kennan formuló, al inicio de la guerra fría, su teoría de la contención diplomática, política y económica del rival, EE.UU. no ha cambiado mucho el guion de sus relaciones con Rusia. Porque, pese a los episodios de tensión, a una caída del muro de Berlín que generó falsas expectativas hegemónicas en EE.UU. y a las bravatas de Putin, Washington se conforma con contener al rival y tener estabilidad en ese frente.

Esto es así porque las crisis de intensidad controlada, sin recurso a la fuerza militar, no hacen daño a los mandatarios, aunque sus portavoces se escandalicen. Y porque en Washington saben que su enemigo más temible no es Rusia, por más que incordie Putin, sino China. Todo lo que EE.UU. aprenda de la contención de Rusia será poco cuando haya que contener a China. “Los políticos –dijo Jrus­chov– son siempre iguales: prometen construir un puente incluso donde no hay río”. Los políticos quizá sí lo sean. Pero los rivales, no: unos tienen más pegada, menos ganas de dialogar y más posibilidades de dominar el mundo que otros.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de junio de 2021)

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