Hoy he dado con un buen titular. Es concreto, elocuente y contundente. Zanja además en una frase toda la cháchara mediática sobre el neologismo posverdad. El mensaje está claro: cuando se mina el valor de la verdad se ponen los cimientos del autoritarismo. Ensalzo sin reservas tal titular porque no es mío. Se lo debo a Timothy Snyder, cuyo ensayo Sobre la tiranía alerta ante la deriva de la presidencia de Donald Trump, traza sus paralelismos con lo peor del siglo XX y nos da armas para resistir y contraatacar.
Todos los lectores saben ya quien es Trump. Si alguno lo olvidó, le remito al editorial del martes de The New York Times: “Es un príncipe de la discordia que parece divorciado de la decencia y el sentido común”. No es habitual que un rotativo de referencia le pegue semejante colleja al presidente del país. Pero es que Trump lo abochorna de continuo y acosa a los diarios de calidad que se lo reprochan. El martes, en un mitin en Phoenix, volvió a la carga: “Es hora de denunciar los engaños de una prensa corrompida, que divide y trata de privarnos de nuestra historia y nuestro patrimonio”.
Lo dice Trump, que es arrogante, desconsiderado, machista, errático, ofensivo y, en suma, una desgracia para su país y una mancha en su historia. Que mucho miente cuando se alaba a sí mismo y a su círculo nepotista, y más miente todavía cuando insulta y descalifica a los demás. El presidente Obama decía que los intereses de su país estaban por encima de los de su partido. Con Trump, los intereses personales están por encima de los del partido. Además de disparar contra jueces o periodistas, dispara ya también contra las principales figuras republicanas, que van distanciándose de él.
Trump ha polarizado EE.UU. Ha tratado de poner de su lado a las víctimas de la crisis –en especial si son de raza blanca; a las hispanas prefiere deportarlas– y a la derecha más montaraz, incluyendo en el lote a racistas y nazis, mientras ahondaba el la pugna con el resto. En tal contexto, intenta atacar y someter la verdad. Y, al no conseguirlo, la zarandea, la humilla, la maltrata. Quisiera destruirla, privándola de su valor arbitral y su condición de faro en la noche, echando mano, a modo de sucedáneo, de esa posverdad que es antesala del fascismo...
Hace decenios que en Europa reproducimos las tendencias estadounidenses. Hace meses que en una Catalunya en vilo por el proceso soberanista algunos niegan a los rivales, por el mero hecho de serlo, cualquier credibilidad. Procedentes de Madrid, llueven sobre los líderes independentistas descalificaciones que les tratan de mentirosos. Éstos, a su vez, reformatean la auténtica realidad a su antojo. Hace meses que el poder ha perdido la capacidad autocrítica y que su entorno señala con el dedo acusador a los discrepantes. También a la prensa. Empezamos a parecernos demasiado a los EE.UU. de la era Trump. No anem bé.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de agosto de 2017)