Qué callada quietud, qué tristeza sin fin / Qué distinta Venecia si me faltas tú”. Charles Aznavour popularizó esta canción que expresa el desconsuelo del amante al volver solo al escenario de sus amores. Se la pedían en todos los conciertos. Y como únicamente la muerte, que le alcanzó a los 94 años, lo retiró de los escenarios, la cantó miles y miles de veces.

Si hoy volviera a Venecia, Aznavour sentiría una tristeza quizás superior, insoportable. Porque no solo faltan allí su viejo amor y –más grave aún– él mismo. También faltan la inmensa mayoría de las casi 70.000 personas que recibió de promedio cada día del 2019, último año antes de la pandemia, en el que se conta­bilizaron allí un total de 25 millones de turistas. El virus ha vaciado de ­visitantes Venecia, destino clásico del turismo global. Y tantas otras capitales turísticas, empezando por Barcelona.

A la llegada al aeropuerto Marco Polo, sorprende la escasa actividad. El único avión que veo en movimiento es el que me ha traído. Tan solo un carrusel, tirando a vacío, funciona en la sala de recogida de equipajes. Luego, al contratar un servicio privado de transporte –el público ha perdido frecuencia ho­raria–, la empleada que me atiende se deshace en amabilidades, prodiga sonrisas y, una vez cerrada la transacción, me agradece casi emo­cionada que haya decidido visitar la ciudad en esta época difícil. Alguien que llevara tiempo sin comer quizás no ­agradecería de modo más conmovido un bocadillo.

Por los canales navegan barcazas de albañiles o de suministros, pequeñas embarcaciones particulares o ambulancias. Pero se ven pocas góndolas –como las que en su día debieron de ocupar Aznavour y su enamorada– y pocos taxis.

La plaza San Marcos, que en el recuerdo aparece siempre abarrotada de turistas, carece ahora casi por completo de ellos. La basílica homónima está cerrada. Algunos de los célebres cafés de la plaza han bajado la persiana. Otros mantienen activas las terrazas, donde reinan los aperitivos con Campari y Aperol, las patatas fritas y unos cuencos con cacahuetes, sobre los que las palomas, dueñas del vacío, se echan en picado causando estropicios.

En la Riva Schiavoni, donde antes de la pandemia desfilaban insomnes los ejércitos de turistas, formando un inmenso mar de cabezas sobre las que destacaban los paraguas o los banderines de sus guías, se ve ahora en toda su extensión el pavimento pétreo, sin paseantes. Sobre las puertas cerradas de muchos comercios veo carteles que rezan “Oggi chiuso”, pero aparentan llevar ya muchos días colgados.

Las aguas del canal de la Giudecca, donde el espeso tráfico de vaporettos levantaba marejadillas, están casi quietas. En los muelles ya próximos al Arsenale, donde solían amarrar, uno tras de otro, varios ­yates privados de eslora infinita, ahora solo queda uno, enorme, eso sí, llamado Plan B. Lo que nos indica que los ricos no solo lloran: también se ríen. De qué o de quién, ya es otro asunto. Pero no es pre­ciso pertenecer a su gremio para reconocer el buen humor –o la arrogancia– de ese bautizo.

Los venecianos han rescatado y recuperado Venecia, pagando por ella un precio astronómico, en forma de catástrofe económica. Pero para los pocos turistas que han hallado plaza en un vuelo, a menudo con escalas, y que estaban dispuestos a obtener el código QR que exige el Gobierno español, y a someterse a tests de antígenos o PCR –unos, solicitados por las auto­ridades, otros, por las empresas con que tienen tratos–, esta Venecia sin masas es una delicia. ¿Cuántos visitantes que en años anteriores se sintieron  hechizados por su belleza, decadente, sí, pero única e imbatible, no soñaron en verla liberada de la marabunta turística (que ellos mismos contribuían, por cierto, a engrosar)? Ahora tienen la oportunidad de realizar su sueño. Durará lo que dure, quizás no mucho, porque ya abrieron bastantes hoteles, los restaurantes han hecho lo propio hace una o dos semanas y el toque de queda decaerá en junio. Las restricciones no durarán eternamente. Y el frenesí de turistas volverá a  tomar las calles de Venecia. Las mismas que se van despoblando de nativos, en una sangría imparable que empezó con la inundación de 1966 y desde entonces la ha privado ya de dos de cada tres de sus habitantes.

Todo ello nos lleva a una reflexión sobre la viabilidad del turismo pospandemia. Tendrá que ir, quizás, a menos. En Venecia ya se ha decidido vetar los cruceros. ¿Qué será lo próximo? Quién sabe. Estamos en una coyuntura plagada de incertidumbres, empezando por la climática. Por ello la pregunta que se hace la XVII Bienal de Arquitectura de Venecia, inaugurada ayer, es pertinente: ¿cómo viviremos juntos en el futuro? O, dicho de otra manera: ¿cómo compartiremos las ciudades que más nos gustan sin hacerlas definitivamente invivibles?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 23 de mayo de 2021)