Postal de Bogotá

28.02.2016 | Opinión

Desde el piso 67 de la torre Bacatá, nuevo techo arquitectónico de Colombia, se divisa la última postal de Bogotá: una abigarrada trama urbana, salpicada de rascacielos, a 2.600 metros de altitud, al pie de los cerros occidentales.

Asociamos la palabra postal a imágenes idílicas de la Naturaleza. Pero la mayoría de los humanos vivimos en ciudades superpobladas: urbes de aluvión, que han crecido anárquicamente, y donde chocan la miseria y el lujo. Bogotá, con sus ocho millones de habitantes, lo atestigua. Es una ciudad de ciudades, plural, colorista, vibrante y… caótica.

Una expresión de ese caos es el trancón –atasco– que durante buena parte del día paraliza las carreras y calles de la capital. A falta de metro, y con una red de bus mejorable, los bogotanos realizan muchos de sus trece millones de desplazamientos diarios en coches y motos particulares. El visitante puede recurrir a la flota de taxis amarillos, arriesgándose al llamado paseo millonario, de duración y coste imprevisibles. La idea de atravesar la ciudad andando parece en todo caso descabellada.

Colombia es la cuarta economía latinoamericana, está entre los 25 primeros PIB mundiales, es un país rico en café, carbón, petróleo o piedras preciosas y tiene industria textil, química o del automóvil; es también un productor relevante de drogas, cuyos réditos blanqueados acaban aflorando aquí y allá. Aunque la mayor riqueza de Colombia son los colombianos, que endulzan su amable charla con constantes “un gusto”, “por favor” y “a la orden”. Dicho esto, el dinero se palpa en las calles de Bogotá, donde hay concesionarios de Ferrari y restaurantes sofisticados; donde se mezclan los policías vestidos de verde flúor con los ejecutivos y los vendedores ambulantes; donde algunos adictos fuman pasta de coca en los bellos espacios públicos diseñados por el arquitecto Rogelio Salmona junto a sus Torres del Parque.

Pobreza y riqueza colisionan pues en la inmensa Bogotá, integrada por 20 localidades y 1922 barrios, que la municipalidad ha estratificado en seis niveles, atendiendo a sus ingresos y –atención– a su calidad urbana. El objetivo es localizar a los más necesitados y redistribuir recursos. Esta es una política en busca de más equidad social. Otra pasa por fomentar el desarrollo sostenible, crear espacio público e impulsar la cultura mediante la arquitectura. El alcalde Enrique Peñalosa, que acaba de recuperar la vara de mando, trabaja en esta línea. Ya lo hizo en un anterior mandato. Otros ediles –su antecesor, por ejemplo– fueron partidarios de dar cancha a los promotores privados y permitirles edificar sin limitaciones de altura, a veces en áreas ya muy densificadas.

La ciudad genera caos. La obligación de sus autoridades es reducirlo. La tarea es gigantesca. Como las posibilidades de mejora. Ese es el gran reto de las ciudades: transformar el caos en convivencia.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 28 de febrero de 2016)