Postal de Atenas

16.06.2013 | Opinión

A la vuelta de una breve visita a Atenas, amigos y conocidos me preguntan con indisimulado morbo por los efectos de la crisis económica sobre la baqueteada población griega. ¿Se nota mucho? ¿Está la gente muy desesperada? ¿Se palpa el hambre? ¿Se adivina un futuro caótico?

 

Es cierto que en muchas calles atenienses hay signos de estrecheces y el mantenimiento flaquea. Se ven pavimentos agrietados, hierbajos crecidos, paredes que piden una mano de pintura. En el país de las ágoras, el espacio público está colonizado por intereses particulares, ya sean puestos de baratijas o coches aparcados sobre la acera. En cada estación de metro se monta en el vagón un pobre que recita, antes de llegar a la siguiente parada, su súplica de ayuda, con un “parakalo” (por favor) al final de cada frase, ante la indiferencia de un pasaje sin presupuesto para limosnas.

 

Por lo demás, la postal de Atenas conserva sus rasgos habituales. Hace mucho calor. El termómetro, que en primavera llega a los 30 grados, suele superar los 40 en verano. Abundan las gafas de sol, las indumentarias ligeras y los rostros requemados. Los sacerdotes ortodoxos, con sus largas barbas y sus hábitos negros hasta los pies, sudan la gota gorda a la sombra de un árbol. Los perros yacen inmóviles sobre las aceras con las patas extendidas, como muertos, ajenos a la marabunta turística.

 

También hay canes desmayados en las calles que conducen a la Acrópolis. Y músicos callejeros que rasguean su “bouzouki”, vendedores de globos, pitonisas, policías con chaleco antibalas y, por supuesto, cientos y cientos de turistas que ascienden entre olivos hacia lo alto del promontorio para visitar el Partenón, el Odeón de Heródes Ático, el Teatro de Dionisio, el Erecteión. Son grupos densos y compactos de norteamericanos o japoneses que avanzan lentamente y, al detenerse, forman un muro infranqueable. Grupos de edades apropiadas para el viaje del Imserso y de conducta infantil, que resbalan sobre piedras y mármoles bruñidos por millones de pisadas previas; que se aventuran por escaleras sin barandilla donde desafían, animosos, el riesgo de caída y fractura de fémur. Grupos cuyos integrantes, al mirar Atenas desde esta colina, dicen cosas sorprendentes como “me recuerda al Gran Cañón del Colorado”. O que, impresionados por el empaque del Partenón, erigido hace 2.500 años, se preguntan: “¿Cómo es posible que un país capaz de construir esto entonces, esté hoy tan mal?”

 

Así es como Grecia va sumando a sus tradicionales atractivos turísticos los que se derivan de la crisis. También se va hoy a Grecia como antaño se visitaba a pobres, enfermos o presos, cuando la precariedad del Estado de bienestar era grande; es decir, similar a la que volveremos a padecer si los recortes siguen en plan crecimiento continuo. En suma, y a su pesar, algunos destinos turísticos han renovado este verano su interés.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 16 de junio de 2013)