Por debajo de lo mínimo

09.06.2013 | Opinión

Luis María Linde, gobernador del Banco de España, lanzó días atrás una idea paradójica: el sueldo inferior al salario mínimo. Hubo reacciones sindicales expeditivas, como la que le tachó de esclavista. Y hasta cierto punto se entiende, porque un salario por debajo del mínimo condena a su perceptor a una vida indigna. No ve así las cosas el gobernador, para quien la propuesta promovería la creación de empleo a corto plazo, y por tanto es pertinente. Hasta cierto punto también se le entiende a él, puesto que en un país con el 27% de paro -y más del 50% de paro juvenil- la prioridad es la creación de empleo. Ahora bien, ¿de qué sirve crear empleo si está insuficientemente retribuido y no dinamiza el consumo ni la economía? Pues, a lo sumo, para proclamar que los datos del paro mejoran (y de paso para callar que eso se logra a costa de los desesperados que aceptan cualquier trato, incluso vejatorio).

No escribo esta nota para aplaudir ni abuchear a Linde, sino para llamar la atención sobre lo que me parece un nuevo avance en la carrera hacia la destrucción del lenguaje practicada por las autoridades. Esta destrucción, este uso cosmético del idioma, es habitual en todas las situaciones conflictivas, empezando por las bélicas. Acuérdense, por ejemplo, de los llamados daños colaterales producidos por fugo amigo (en plata, los muertos inocentes causados por nuestras tropas). No es lo mismo llamar a las cosas por su nombre que escudarse en eufemismos, ¿verdad? Se trata de evitar el discurso explícito cuando estas cosas son demasiado feas, y de recurrir a palabras menor hirientes. En el actual Gobierno hay varios expertos en la materia. Pero lo que ahora propone Linde va más allá. Ya no se conforma con dulcificar el mensaje sustituyendo voces punzantes por otras amables. Se trata de violentar el significado de un término asta vaciarlo de significado. me explico. Mínimo, según el diccionario, es aquello tan pequeño que ya no hay nada menor o igual. Mínimo es también el límite inferior o extremo a que se puede reducir algo. O sea, cuando uno ha fijado un mínimo ya no queda nada por debajo. Se podría decretar una rebaja del 10%, pongamos por caso, del salario mínimo. Pero no se pueden pagar salarios por debajo del salario mínimo que, como su nombre indica, es irreducible. En España el salario mínimo interprofesional está en 645 euros al mes, más dos pagas extras. Con ese dinero (el que cobran el 30% de los asalariados) hay que pagar comida, casa, escuela, vestido, farmacia, transporte, etcétera. Por eso le llaman mínimo; porque con menos no es fácil vivir. ¿Qué será lo próximo si se aceptan los salarios inferiores al mínimo? Pues lo primero será, quizás, que aceptaremos que los ingresos máximos, los de quienes sacan gran jugo a la crisis, aun pueden crecer. Y lo segundo será que renunciaremos a las palabras comprensibles para explicar lo que está pasando. ¡Ay!

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 9 de junio de 2013)