Piratas contra piratas

13.11.2016 | Opinión

Desde que leímos La isla del tesoro, sabemos que un pirata es un navegante que se dedica a abordar, robar y hundir barcos en alta mar. Cuando se pusieron de moda los secuestros de aviones, empezamos a hablar de piratas aéreos. Y, ya en tiempos de ordenadores e internet, calificamos de pirata a quien copia programas informáticos y, así, evita pagar por ellos; o a quienes se apropian de películas, canciones, libros o videojuegos y los comercializan en la red, en beneficio propio y sin que sus creadores vean un céntimo. En suma, un pirata es, según la acepción tradicional del término, alguien que vive a costa de los demás y a tal fin, en ocasiones, les inflige serios daños físicos o económicos.

En Islandia, un pirata es otra cosa: es un miembro del Partido Pirata que, encabezado por la poeta Birgitta Jónsdóttir, a punto estuvo de ganar las elecciones celebradas allí dos semanas atrás. Creado en el 2012 por un grupo de activistas, anarquistas y hackers contrarios a cualquier restricción en internet, este colectivo se basa en unos principios que poco se parecen a los de sir Francis Drake o el capitán Henry Morgan. Sus prioridades son la democracia directa, la defensa de los derechos civiles, la transparencia gubernamental y la lucha contra la corrupción. En realidad, lo que quieren es una Islandia sin gobernantes como los que en el 2008 la arrastraron a una crisis económica que hundió los grandes bancos del país, cuya deuda decuplicaba el PIB nacional. O como el primer ministro Sigmundur David Gunnlaugsson, que dimitió en abril tras descubrirse que escondía una fortuna en paraísos fiscales. Según la gente de Jónsdóttir, los auténticos piratas –los que más se aproximan a la vieja definición de bucanero– no son los miembros de su partido, sino los políticos ventajistas, sin escrúpulos ni vergüenza, que parasitan el establishment.

Piratas contra piratas: estamos ante dos colectivos homónimos pero, al parecer, con objetivos muy distintos. Y también con costumbres diversas. Unos usan vestimenta formal, frecuentan los círculos exclusivos, cabalgan un viejo entramado de relaciones familiares y sociales y, cuando nadie mira, traicionan la confianza recibida. Otros visten de modo informal, viven sin lujos y depositan una gran confianza en el poder de las nuevas tecnologías, por ser herramientas de participación social, control del poder y fomento de la transparencia. Tanto es así que consideran superada la lucha sobre el eje derecha-izquierda y se presentan ante todo como hackers dispuestos a atacar y desmontar unos sistemas de gobierno que tildan de caducos: una brigada de derribo del viejo orden.

Si me forzaran a elegir, en principio yo optaría por los nuevos piratas. Porque la figura del político convencional que proclama sus inquietudes sociales, prodiga declaraciones políticamente correctas y luego se enfanga en corruptelas es tan ofensiva como insostenible. Lo es desde hace muchos años. Y ahora, con una desigualdad rampante, es además suicida. Pero la consideración de las nuevas tecnologías como un aliado incondicional que hacen los neopiratas me parece, cuando menos, un punto ingenua. Las nuevas tecnologías no son buenas o malas per se, ni garantizan la pertenencia al mejor bando. Su bondad depende, como es obvio, de la inteligencia de sus usuarios y de cómo las empleen. Recordemos que los iniciales apóstoles de internet presentaron este medio como un instrumento para ensanchar, enriquecer y democratizar el debate, que iba a abrirse a todos los ciudadanos con conexión a la red. Y es verdad que se ha abierto, y mucho. Como lo es también que con el tráfico aumenta el ruido y el griterío. Pero no siempre la calidad de los contenidos, entre los que proliferan los tópicos, la irreflexión, la visceralidad, el odio y tantas otras aportaciones que, paradójicamente, hacen cada día más difícil el diálogo y el acuerdo.

Dicho esto, preferiría que no me obligaran a elegir. Y si no hubiera más remedio, preferiría que me dieran otras opciones, más allá de los filibusteros de uno u otro signo. Me consta que no todos los que participan en la administración pública lo hacen llevados por el afán de rapiña. Y que no todos los que izan la renovada bandera pirata son, por el mero hecho de hacerlo, capaces de mejorar el rumbo colectivo. Me gustaría vivir en una época en la que los piratas tuvieran su ámbito más significativo en la ficción, como cuando Robert Louis Stevenson escribía sobre ellos. Autores no nos faltan: La Campana distribuirá la próxima semana Pólvora i canyella, de Eli Brown, una novela protagonizada por la capitana corsaria Mabbot, en que se mezclan las aventuras navales con la cocina y el romance. Es bueno tener donde elegir. “Un barco –decía Epícteto– no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de noviembre de 2016)