Me gusta ir por el bosque, pero tiendo a perderme”. Este era el título de una entrevista a Carles Riera, dirigente de la CUP y secretario tercero del Parlament, publicada días atrás en este diario, y acaso más reveladora que otras suyas encabezadas con declaraciones políticas.
La segunda afirmación de ese titular causaba cierta inquietud. El primer lugar, porque desde que nos contaron el cuento de Caperucita solemos asociar el bosque, además de a sus bellezas, a sus terrores. En el bosque tupido entra poco sol, los animales acechan y la maleza borra los senderos convirtiéndolo en laberinto sin salida. “¡Qué voy a hacer ahora, desdichada de mí! No sabré salir del bosque… moriré de hambre” –se lamenta la joven protagonista de un cuento de los hermanos Grimm, perdida en la espesura–. El bosque puede ser, para quien no sabe leer las estrellas ni buscar sustento en su flora y fauna un sitio inhóspito, amenazante, mortal.
En segundo lugar, la afirmación de Riera era inquietante porque un dirigente político no debería tender a perderse jamás, ni siquiera en el bosque. Un dirigente político es alguien que aspira a guiar a los ciudadanos hacia horizontes de progreso o, al menos, en la buena dirección. Y no alguien que les guíe en dirección contraria, como el poeta Leopoldo María Panero, quien en una manifestación antifranquista, tratando de escapar al acoso policial, gritó a sus colegas “¡por aquí! ¡por aquí!”, y los metió en un callejón sin salida, donde fueron cómodamente detenidos.
¿Es Carles Riera un político dado al extravío en general, o sólo se pierde en el bosque? Según se mire. A juzgar por esa foto suya de los años 80 con otros dirigentes de la Crida –Jordi Sànchez y Àngel Colom–, cuando era un pipiolo pero se integraba ya en el dream team de la agitación independentista, podría concluirse que no; que en los últimos cuatro decenios no ha perdido su norte político, ya fuera navegando en la Crida, la Assemblea d’Unitat Popular, Endavant o la CUP… Riera sigue dale que te pego, como Sànchez (pero más), y dispuesto además a aplaudir las noches incendiadas. Riera y Sànchez se diferencian pues de Colom, que en 1999 se largó a Marruecos para abrir una champañería (sic), tras chapar el Partit per la Independència, que dirigía con Pilar Rahola y frutos electorales nimios, inferiores al 1%, dejando un pufo que enjugó el benefactor Fèlix Millet.
Pero si analizamos la trayectoria de Riera desde otra óptica, también podría afirmarse que está perdido. Porque no ha sabido salir de su laberinto, ni transformar una sociedad a su criterio sojuzgada –aunque equiparable a las democracias avanzadas– en unos Països Catalans independientes de España (si bien sujetos, eso sí, a una férrea doctrina anticapitalista, antipatriarcal y antieuropeísta).

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de agosto de 2022)