Penúltimos refugios

01.05.2016 | Opinión

Samuel Johnson sentenció hace ya 241 años –se cumplen el próximo sábado– que el patriotismo es el último refugio del canalla. El gran lexicógrafo británico nos legó un montón de frases célebres. Mi favorita es la referida al clarete y su escasa graduación: quien lo beba se ahogará antes de emborracharse. Pero probablemente la más famosa sea la que relaciona a patriotas y canallas. En el siglo XVIII eso era infrecuente. Voltaire lamentó por entonces que para ser buen patriota uno debiera convertirse en enemigo del resto de la humanidad. Pero, aquí y allá, el patriota gozaba de la mejor prensa. Regar con la propia sangre el árbol de la patria estaba muy bien visto.

En realidad, Johnson no pretendía denostar el patriotismo en general ni descalificar a cuantos a él se abrazan. Se refería tan sólo a los que por un motivo u otro consideraba falsos patriotas. A los arribistas que voceaban su patriotismo pero no añadían que lo cultivaban, ante todo, en beneficio propio. Johnson citaba a título de ejemplo al premier William Pitt, cuya sobreactuación patriotera le irritaba y alimentaba la tirria que le tenía.

Los que se escudan en una causa para medrar son, ciertamente, despreciables. En especial, si la causa es muy poderosa. Cuanto mayor es un Estado –nos advirtió Tolstói–, más dañino y cruel es el patriotismo, y mayor es la cantidad de sufrimiento sobre la que el poder se basa. No siempre es así, claro. También lideraron naciones estadistas visionarios, empáticos o éticos como Thomas Jefferson, Winston Churchill o Nelson Mandela. Pero la política, que no siempre se beneficia de titanes versátiles y a menudo se conformaría con gestores despiertos y escrupulosos, ha sido siempre un acogedor refugio para canallas. Y lo sigue siendo en la actualidad. Aquí no hará falta que ilustre lo dicho con nombres y apellidos, puesto que los casos recientes están en la mente de todos. En su mayoría, andan sueltos y pueden ser observados al natural en Catalunya, en Madrid y en demás reservas de esta especie no precisamente en peligro de extinción.

Por desgracia, nos hemos acostumbrado ya a que los canallas busquen acomodo en las instituciones más respetables. La historia abunda en jueces prevaricadores, eclesiásticos que corrompen a menores, militares sublevados y docentes universitarios que venderían a sus padres o deportarían a ultramar a todos sus colegas, sin excepción, a fin de ocupar la cátedra largo tiempo codiciada. El cesto contiene un elevado número de manzanas podridas.

Frente a esta realidad institucional averiada, alzan su bandera todo tipo de movimientos. Algunos de ellos han realizado contribuciones decisivas a lo largo del siglo XX y siguen llevándolas a cabo ahora. Está claro que la liberación de la mujer y su incorporación al mundo laboral es uno de los mayores logros de la humanidad; y que, en gran medida, es fruto del movimiento feminista. Es indiscutible que la lucha medioambiental produce una concienciación muy pertinente, al menos entre quienes desean preservar el planeta. Es obvio que la tarea de las oenegés reduce en el tercer mundo el sufrimiento en parte causado –y desatendido– por el primer mundo. Y está muy claro también que junto a movimientos con una causa concreta, como los mencionados, avanzan ahora las formaciones políticas de sesgo alternativo o antisistema, que aspiran a darle la vuelta al calcetín social.

Todas estas iniciativas se presentan como progresistas. Dicen llegar alentadas por propósitos regeneracionistas o incluso revolucionarios. Sus portavoces las definen como necesarias, incontaminadas y radicalmente justas. Es posible que en origen y en muchos de sus niveles lo sean. Pero ni así escapan al parasitismo de los canallas que buscan en ellas nuevos refugios, como antes los buscaron a la sombra de la patria. Sé de autoproclamadas feministas que cabalgan su ideario con un egoísmo, una vanidad y un desdén indigno de su misión; de ecologistas que metieron mano en la caja; de solidarios caprichosos; y, por supuesto, de líderes políticos que se echaron al ruedo denostando a la casta y, en pocos meses, han reproducido ya la mayoría de sus tics, mientras tratan de disimular –con fortuna esquiva– los de los totalitarismos que les inspiraron o financiaron. Hay, en suma, mucho afán personal camuflado de altruismo.

Naturalmente, la presencia de canallas no invalida el sentido ni la labor de estos y otros movimientos progresistas. Pero tampoco hace buenos a cuantos se sitúan bajo sus ­estandartes. Y menos aún a los que se presentan como sus más pugnaces adalides, a quienes con más ardor enarbolan una presunta superioridad moral o a quienes pa­recen reclamar para sí una infalibilidad que creíamos exclusiva del Papa de Roma. ­Todas las causas, incluso las guiadas por ­almas nobles, pueden convertirse en obje­tivo y refugio de canallas. Es por ello que siempre conviene fijarse más en sus obras que en sus palabras.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 1 de mayo de 2016)