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Otro torbellino

21.09.2013 | Crítica de arquitectura

La libertad emana de la Naturaleza. Eso deben pensar muchos arquitectos que prefieren lo orgánico a las formas derivadas de la lógica de su oficio. Por ejemplo, los daneses de 3XN, que en marzo inauguraron el nuevo hito arquitectónico de Copenhague: el Acuario Nacional de Dinamarca (The Blue Planet). A primera vista, sus hechuras revestidas de aluminio resultan atractivas: parecen inspiradas en un remolino de agua o, incluso, en el Guggenheim de Bilbao.

El acceso a este edificio tiene un punto de misterio. Los dos brazos curvados que protegen la entrada se acompañan de un foso de hormigón con agua, que comparte reflejos y destellos con el metal. Luego, el tránsito entre estos brillos y la oscuridad interior, propia de los fondos marinos, crea un contraste sugerente. Pero, pese a lo dicho hasta aquí, acaba dominando la sensación de que el caprichoso volumen del edificio obedece más al deseo de crear algo llamativo que a las exigencias geométricas de sus 53 tanques con un total de siete millones de litros de agua, donde nadan 20.000 peces. No mejora la impresión sobre esta obra el hecho de que el lenguaje curvilíneo de su fachada terrestre se vea interrumpido en la marítima, pródiga en lienzos planos y presidida por los grandes ventanales cuadriculados de la cafetería, con vistas al campo marino de aerogeneradores y el puente de Oresund.

Copenhague cuenta pues con un nuevo emblema: un torbellino –¡otro!– supuestamente espontáneo, pero más deudor del formalismo que de la libertad, siempre condicionada, de la Naturaleza.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de septiembre de 2013)