La concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan, el pasado octubre, suscitó opiniones encontradas. Para algunos, Dylan merecía el galardón. Para otros, no. Entre estos últimos hubo quien dijo que la Academia Sueca, al honrar al cantautor, se aventuraba en el resbaladizo mundo de las celebridades pop. O que había muchos escritores mejores que el músico. O, directamente, que el trabajo de Dylan carecía de interés literario. No ayudó que el creador norteamericano, al recibir la noticia, exhibiera una actitud que pareció displicente. Su inicial silencio y su resistencia a seguir el protocolo de entrega hicieron pensar que la Academia se había equivocado al distinguirle. Dylan ni siquiera parecía dispuesto a dar la charla de rigor, imprescindible para cobrar la bolsa de cerca de un millón de euros con la que está dotado el premio.

Hasta que la semana pasada, pocos días antes de que expirara el plazo reglamentario de seis meses, Dylan remitió a la Academia una grabación de voz de 27 minutos, sobre un tenue fondo de piano. En esta pieza, un autorretrato íntimo, musical y literario, Dylan disuelve cualquier duda sobre su vocación cultural (aun a pesar de las acusaciones de plagio vertidas sobre algún pasaje). Es más, logra reivindicarse como un artista empático y dotado para la narración. E incluso como un rapsoda transparente, aunque de voz algo gangosa, que sabe potenciar su charla con sutiles inflexiones vocales.

El discurso de Dylan logra establecer una relación entre su música y la literatura, en tres fases. La primera es la de la conexión de un Dylan de 18 años con Buddy Holly, su primer ídolo, al que vio en directo en vísperas de que falleciera en accidente aéreo, a los 22 años. En ese concierto, dice Dylan, Holly le transmitió algo indescriptible, también convicción y, según sugiere, sintió que le pasaba el testigo. La segunda fase tiene que ver con el descubrimiento de bluesmen como Leadbelly, Sonny Terry o Brownie McGhee, vibrantes y auténticos, que le brindaron un patrón musical folk. La tercera y más extensa fase es la relativa a los principios, la sensibilidad y la visión del mundo que reunió antes con sus lecturas escolares, en una época en la que todavía no se temía turbar con ellas, aunque fueran de cierto voltaje, a los adolescentes.

Los tres libros a los que se refiere con más detalle Dylan son Moby Dick de Herman Melville, Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, y La Odisea de Homero. Es decir, un libro sobre la obsesión y sobre cómo los hombres reaccionan de modo dispar ante retos similares; un libro de terror sobre la guerra como escenario en el que siempre se pierde, ya sea la vida o la inocencia, y un libro sobre el ser humano como reo del viaje vital, extenuante e insondable.

Por todo lo dicho, este emocionante discurso de Dylan, además de confirmar su valía, es un gran tributo a la lectura como escuela de vida. Algo siempre oportuno, y más ahora. No se lo pierdan.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de junio de 2017)

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