Otra bestia

18.11.2012 | Opinión

Hasta el día 25 de este mes, el TNC programa La Bête, de David Hirson, dirigida por Sergi Belbel. Hay varios motivos para no perdérsela. Uno, el elenco de actores, encabezado por un Jordi Bosch colosal. Dos: su debate entre alta cultura y cultura popular, que a veces consideramos como un vicio de nuestro tiempo, pero que viene de lejos: ya Molière se quejaba de que su siglo -el XVII- se estaba encanallando furiosamente. Y, tres, el incierto futuro de este tipo de montajes: si siguen los recortes cualquier día veremos el TNC convertido en subsede de los vecinos Encants; de momento, el vestuario de esta obra se ha confeccionado ya reciclando parte de su ropero.

La Bête nos cuenta la pugna entre Elomire -anagrama de Molière-, un autor y actor que dirige su compañía teatral con vocación de excelencia, y Valere, un cómico callejero que se sube a sus tablas con la mismo afán que anima al caracol manzana en sus paseos por las márgenes del Ebro. Elomire es un paladín de la alta cultura, exquisito, intransigente y algo antipático. Valere es verborreico, histriónico y cargante. Ahora bien, ambos saben hablar de corrido en alejandrinos. Su querella verbal se desarrolla bajo una carpa, allá por 1654. Y tiene por árbitro al príncipe mecenas que subvenciona la compañía y que desea introducir algo de pimienta en su repertorio, forzando la incorporación de Valere a la troupe.

Nada más empezar la obra, y durante veinte minutos sin tregua, Valere pronuncia un monólogo torrencial, en el que despliega sus previsibles recursos, más bien relamidos y por tanto apreciados por el gran público. Además de un tour de force memorable, a la par que extenuante -el actor suda a mares-, este monólogo es la perfecta metáfora de una cultura popular ruidosa, grosera, expansiva y excluyente, que va ganando terreno en la escena teatral y en la cultura en general. Elomire -Jordi Boixaderas- aguanta este chaparrón verbal cómo puede y mete alguna cuña cuando ve hueco, pero pasa parte de la función arrinconado. Y el príncipe Conti -Abel Folk-, aún apreciando el teatro clásico, no está dispuesto a aburrirse y exige su revitalización con un injerto popular. Habida cuenta de que ese príncipe es un trasunto del mercado actual, ya pueden imaginarse qué escuela teatral acaba imponiéndose.

La gracia de este artefacto de Hirson -magníficamente traducido por Joan Sellent- es que denuncia una situación preocupante pero, en lugar de incurrir en el lamento, lo hace montando una pieza teatral ambiciosa, que por sí misma desmiente, o al menos aplaza, la decadencia anunciada. Eso es, probablemente, lo que deberían hacer los creadores a los que alienta un deseo de excelencia y el horror a la vulgaridad: poner en pie obras dignas de su ideario y, así, retrasar la muerte de la inteligencia. Porque como nos dijo, también, Molière: “La muerte sólo llega una vez, pero cuando llega es tan duradera…”.