Operación bikini

28.04.2013 | Opinión

Nuestros votantes dejan de comer antes de no pagar la hipoteca. Esta afirmación de María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular, ha causado cierto revuelo. No mucho, porque el caudal de ideas luminosas de algunos políticos es inagotable y ya nos tiene casi desbordados. Pero un poco sí. Al menos, a mí me ha dado qué pensar. Lo primero que he pensado es que, si Cospedal está en lo cierto, habrá que distinguir entre dos éticas del hipotecado: la del que paga y la del que no paga. Yo antes creía que la línea divisoria estaba entre los que pagaban la hipoteca de su primera vivienda con esfuerzo, privaciones y ocasionales tropiezos, y los que firmaban hipotecas por causas menos perentorias, porque favorecía la buena marcha de sus negocios. Pero ahora veo que todo es más sencillo; que los hipotecados se dividen en dos grupos: los del PP, que devuelven la hipoteca, y los de los otros partidos, que se administran fatal. La banca –me digo de inmediato– debería tomar nota y conceder hipotecas sólo a los del PP, con lo que blindaría su dinero, se ahorraría desahucios que son siempre un fastidio, y no se vería obligada a quedarse con pisos del extrarradio que, la verdad, no valen gran cosa. De paso, los políticos del PP se librarían de escraches a domicilio. Un alivio, oye.

Naturalmente, todo el mundo quisiera mirarse en ese espejo de virtudes que es Cospedal y atender a todas y cada una de sus obligaciones. Pero si yo me hallara en la disyuntiva de comer o pagar la hipoteca, me gustaría saber cómo se las apañan los del PP para prescindir de desayuno, almuerzo y cena. ¿Será que son de otra pasta y no les hace falta alimentarse? O, si les hace falta y se privan, ¿cuánto tiempo aguantan sin comer? ¿Acaso conocen alguna técnica de ayuno que puedan recomendar al prójimo, aunque no sea militante de su partido?

Quizás hago demasiadas preguntas. Pero es que el tema despierta mi otro apetito, el de saber. A lo mejor, y sin darse cuenta, Cospedal ha resuelto el feo asunto de los impagos hipotecarios al tiempo que hallaba una salida sencilla y barata a la crisis: dejar de comer. O, visto de otro modo: uno decide cerrar la boca sine die y mata dos pájaros de un tiro. Por una parte, invierte el dinero que antes malgastaba en arroz, macarrones o chopped en una nueva cuota de hipoteca; por otra, avanza sin esfuerzo por la senda de la operación bikini, siempre prioritaria en primavera. Es una buena idea, un claro ejemplo de “I win, you win”, ese celebrado oxímoron del mundo de los ejecutivos. Gana la silueta y gana el banco.

Pero –¡siempre hay un pero!–, ¿qué pasa si, pese a no gastar dinero en comida, tampoco se dispone de liquidez para pagar la hipoteca? En tal caso, supongo, no queda más remedio que hacerse del PP, con lo que, al parecer, por arte de magia, uno se convierte en fiabilísimo pagador, aunque esté sin un chavo. ¡Por fin una buena noticia! Ya sólo falta confirmarla.

(Publicado en “La Vanguardia” el 28 de abril de 2013)