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Objetivo: desaparecer

30.01.2013 | Crítica de arquitectura

Desaparecer. Desaparecer en el paisaje. No ya integrarse en él, sino reflejarlo sobre una piel de aluminio pulido y vidrio, para fundirse con él. Este parece ser el objetivo de la nueva sede abierta por el Museo del Louvre en Lens, en la cuenca minera del norte de Francia. Sus autores, los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa (Sanaa), no buscan por lo general el alarde icónico (aunque obras como el New Museum de Nueva York, con sus volúmenes apilados, puedan sugerir lo contrario). Prefieren enfatizar la sencillez, la ligereza, la transparencia, la evanescencia de sus edificios. En esta línea, y a tenor de lo que han construido en Lens, podría añadirse que su objetivo último es una arquitectura que desaparezca(o casi) a ojos vista.

Estamos pues ante un giro copernicano. El paradigma propuesto por Frank Gehry en Bilbao es y representa todo lo contrario: un torbellino de titanio, una forma expresiva e imponente, que ha dado un nuevo emblema a la capital vizcaína, impulsando su renovación. Un modelo que han intentado imitar incontables ciudades; entre las últimas, Metz, también en el norte francés, donde el Pompidou se anticipó al Louvre y abrió hace dos años y medio sucursal, un edificio de Shigeru Ban con forma de sombrero chino, algo extravagante en aquella región. Ciudades, en suma, pilotadas por políticos y administradores obstinados en conseguir su museo de formas espectaculares, con el que confiaban obtener para su urbe los efectos combinados del talismán, el elixir y el número agraciado con el premio gordo.

Enclavado en una parcela de veinte hectáreas con forma de media luna y un collar de acacias perimetral, el Louvre-Lens es un edificio de 18.000 metros cuadrados en planta. Sejima y Nishizawa decidieron asentarse sigilosa y respetuosamente en este suave promontorio de ganga de la mina que allí hubo, de modo que fragmentaron su edificio de 360 metros de fachada en cinco cuerpos (cuatro rectángulos y un cuadrado central), colocados uno tras otro, tangentes por sus esquinas, y con una altura máxima de seis metros. La idea era que, a poca distancia de una fachada, pudieran seguirse viendo las acacias del otro lado. Sin embargo, esta vocación mimética del edificio se materializa sobre todo gracias al revestimiento de aluminio de dos de los cinco cuerpos construidos. La niebla y las nubes se reflejan en ellos, dándoles tonos grises. Los cielos despejados los azulean. Con lluvia evocan las cortinas de agua? En unos casos y en otros, la línea de cornisa puede llegar a borrarse, acentuando la desmaterialización del edificio, su tendencia a la ósmosis con el entorno, subrayada por la intervención paisajística de Catherine Mosbach que rodea la obra. Tanto los volúmenes revestidos de aluminio como los de cristal presentan una sutil, casi imperceptible, curvatura en sus muros. Sanaa ya usó este recurso obras anteriores, logrando atenuar la dureza de los paralelepípedos.

El cuerpo central de vidrio está concebido como una gran plaza pública, como un espacio continuo de 4.000 metros cuadrados. Conecta las dos salas principales del museo, pero también permite a los habitantes de Lens atravesarlo para ir de un lado a otro de su ciudad. En su interior, distintas burbujas , también transparentes y de planta circular, albergan la tienda, el bar o las taquillas, recreando el diálogo entre cuadrados y círculos presente en otras obras de Sanaa. El techo se sostiene con finos pilares (como los del Park Café en Koga), aquí de trece centímetros de diámetro, apenas perceptibles en este inmenso vestíbulo. Por él se accede a uno menor, subterráneo, donde grandes cristaleras ofrecen vistas a las reservas del museo y sus talleres de restauración.

Los dos grandes pabellones colindantes con el de recepción albergan la colección permanente y la gran exposición temporal. El primero -la Galerie du Temps- es una gran nave de más de 3.000 metros cuadrados, sin compartimentar, revestida en su interior con el mismo aluminio del exterior, y sin obras colgadas de los muros. No es esta la única novedad de un centro que se quiere convertir en laboratorio de los museos del siglo XXI: los guardas circulan entre los visitantes, en lugar de dormitar sobre un taburete. Todas las piezas se exponen en muretes o peanas, proponiendo un recorrido libre, y se reflejan difusamente, al igual que el público, en los muros, desdibujando el límite de la construcción. Ese constante propósito de desaparición se refleja también en las vigas que sostienen el techo, de insolación regulable. Se trata de vigas de acero, de 25 metros, cuyo canto mínimo, casi de hoja de cuchillo, ha obligado a aumentar su número, pero cuya cadencia transmuta este elemento estructural en algo parecido a un ligero plafón. Una vez más, el afán de desaparición. El suelo, de hormigón pulido, traza una línea cóncava, que se relaciona con la de los muros curvados. De manera que, desde el inicio de la visita, uno puede ya ver el conjunto de las obras expuestas, rematado ahora con La liberté guidant le peuple de Eugène Delacroix.

El Louvre-Lens no es perfecto: carece de una marquesina donde guarecerse de la lluvia si se llega antes de la hora de apertura; el guardarropa queda lejos de las entradas… Pero, en conjunto, es una obra mayor de uno de los grandes equipos arquitectónicos en activo.

En el Rolex Learning Center de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, Sanaa nos proponía, con su forma de gran loncha ondulante de queso Emmental, un gesto desinhibido. En el Louvre-Lens apuesta por la discreción franciscana. En este sentido, la nueva obra supone un progreso en la línea acreditada ya en algunas de sus obras mayores, como son el Museo de Arte Contemporáneo de Kanazawa y el pabellón de cristal diseñado para el Museo de Toledo (Ohio). Su piel es también a menudo transparente y de apariencia frágil, como la de Kanazawa, pero su composición es más simple, menos abigarrada. Por el contrario, comparado con Toledo, el Louvre-Lens gana en términos de complejidad, sin perder ni un ápice de su esencialidad.

La obra de Lausana fue considerada en su día revolucionaria, puesto que daba una respuesta original a una exigencia programática sin precedentes (la reunión de diez bibliotecas universitarias en una). Por su parte, la de Lens emerge como un indiscutible avance en el proceso de depuración de Sanaa. El equipo japonés logró en Lausana en 2010 una de las obras más sorprendentes e interesantes -si no la más- entre cuantas se habían construido en Europa tras el Guggenheim de Bilbao, abierto en 1997. Pero ahora en Lens rubrica otra obra mayor.

El nuevo Louvre queda a una hora y diez minutos de París en TGV y, por todo lo dicho hasta aquí, su visita es más que recomendable.

 

(Publicado en el suplemento “Cultura/s” de “La Vanguardia” el 30 de enero de 2013)

Foto Musée du Louvre