Hace ya tres años que ERC respaldó la moción de censura del PSOE contra Mariano Rajoy. Pronto hará uno que contribuyó decisivamente a la aprobación de los presupuestos. Y hace cosa de un mes que los analistas políticos empezaron a apreciar signos mayores de distensión entre republicanos y socialistas, capaces de abrir nuevas brechas en el bloque independentista y también en el constitu­cionalista. Y, por tanto, de tender puentes entre uno y otro. Luego llegaron los ­indultos y se convocó la reunión entre Sánchez y Aragonès del pasado martes, que acabó sin que hubiera que lamentar percances. No puede decirse que el lío político catalán avance a alta velocidad hacia su resolución. Pero sí que se están dando pasos en la dirección adecuada. Crucemos los dedos.

Desde la derecha española, que no ofrece alternativas viables al diálogo, se han recibido estos avances con ruidosas protestas, acusaciones de traición a la patria, vaticinios de que solo eran el aperitivo de futuros atropellos, una manifestación en la plaza de Colón y casi diarias tormentas de rayos y truenos contra la negociación política, recogidas y amplificadas en la prensa afecta, cuya ferocidad aumenta a ojos vista.

Desde la CUP y Junts, estos avances se observan también con mucho recelo y generan abundantes reproches para los republicanos. Hasta aquí, nada raro, porque lo propio del recalcitrante es seguir erre que erre en toda circunstancia. Ahora bien, no es lo mismo ser un recalcitrante que reivindicar de modo explícito la inmovilidad como una virtud política. Eso es lo que hizo semanas atrás la portavoz de los posconvergentes en el Congreso de los Diputados, al proclamar, muy ufana y rebosante de dignidad, que “en Junts no nos hemos movido ni un pelo”.

Esta afirmación no causó gran sorpresa en medios políticos. Ya se sabía que, en cierta doctrina independentista, el único movimiento admisible es el que va en dirección hacia la materialización de sus sueños. Lo que sí sorprendió un poco fue esa reivindicación del inmovilismo implícita en la expresión “no moverse ni un pelo”, sinónimo de no moverse absolutamente nada. En primer lugar, porque la política, como la ma­yoría de las actividades humanas, requiere algo de acción. En segundo, porque creíamos que el tancredismo era un rasgo característico (y muy censurado por los soberanistas) del conservador Rajoy. Y, en tercero, porque quien deja de moverse y persiste indefinidamente en la quietud acaba oliendo a muerto.

Por definición, la política está relacionada con la acción. Según María Moliner, la política es el arte y la actividad de gobernar un país y, también, el conjunto de actividades relacionadas con el acceso al gobierno. Cuando un dictador controla un país, esa acción suele verse afectada, porque lo prioritario para el tirano es no cambiar nada y mantener su poder pese a quien pese. Pero en un país libre, donde la sociedad es diversa –mucho más diversa de lo que reflejan los medios de comunicación públicos catalanes, pongamos por caso–, los políticos están obligados a moverse. Quizás no tanto como los posconvergentes tiempo atrás, cuando al abrazar la fe inde­pendentista dejaron muy atrás, huérfano y descolocado, a buena parte de su histórico electorado conservador, nacionalista y business friendly. Pero sí a moverse un poco, para que la intransigencia que se presenta a los fieles como una gran cualidad no acabe lastrando el progreso de toda la sociedad. Un partido puede estar muy orgulloso de sus planteamientos y estrategias. Salvo si han contribuido a llevarle –a llevarnos a todos– a una situación tan penosa como la actual.

No sé si me expreso con la claridad suficiente como para que me entiendan todos, incluida la portavoz parlamentaria de Junts. Se lo voy a decir recurriendo a sus símiles pilosos. Si los suyos siguen actuando a contrapelo –fuera de tiempo o propósito–, buscándole el pelo al huevo –motivos para reñir y enfadarse–, puede acabar luciéndoles el pelo –perder el tiempo sin sacar provecho– e incluso acabar tirándose de los pelos –peleándose o arrepintiéndose de su actitud–. Porque de lo que se trata ahora no es de seguir dándole al rival para el pelo –atizándole–, sino de echar pelos a la mar –reconciliarse–. Que así sea.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 4 de julio de 2021)