Vladímir Putin fue a la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai, celebrada en Samarcanda, con la esperanza de recibir algún respaldo a su invasión de Ucrania. Pero, lejos de conseguirlo, volvió a casa con una doble reprimenda. El presidente chino, Xi Jinping, le expresó la preocupación de su país y le pidió explicaciones por el curso de la guerra. El primer ministro indio, Narendra Modi, fue más explícito y le advirtió: “No es tiempo para guerras”. China e India no son dos países del montón. Ambos poseen armamento nuclear y, en total, suman cerca de 2.800 millones de seres humanos, un tercio de la población terrestre.
Decir que no es tiempo para guerras es una afirmación que colisiona con la realidad. Además del ruso-ucraniano, que Putin quiere ahora ensanchar, hay en el mundo medio centenar de conflictos bélicos vivos, la mayoría en África y Asia. Pero decir que no es tiempo para guerras es también una declaración cargada de sentido, merecedora del mayor eco. Aunque la haya pronunciado Modi, un político desprestigiado por su deriva autocrática y su exacerbado nacionalismo, fuente de violencias étnicas y religiosas.
La guerra es vieja como la humanidad, pero el mundo de hoy sufre más achaques y requiere más cuidados que el de cuando las ciudades sumerias de Lagash y Umma combatieron a lo largo de un siglo, hace 4.500 años. O el de cuando Atenas y Esparta se enfrentaron en la guerra del Peloponeso, casi 2.500 años atrás. O el de cuando se produjeron las grandes conflagraciones mundiales del siglo XX. Los últimos años han sido de aceleradísima destrucción medioambiental. Las temperaturas ya son agobiantes, los polos se derriten, los glaciares se quiebran, los fenómenos meteorológicos extremos de furia inusitada se suceden. El granizo mata. A este paso, incluso los campos de batalla se convertirán en espacios impracticables, devastados antes por la crisis climática que por el fuego enemigo.
No es tiempo para guerras, sean del alcance que sean, ya enfrenten a tribus en un confín ignoto de la Amazonia o a grandes bloques sobre el tablero global. No lo es porque la humanidad tiene otras prioridades: debe responder de modo concertado a desafíos comunes colosales, como la lucha contra la desigualdad y, en particular, la lucha contra la crisis climática. En caso contrario, peligrará el suministro de alimentos, agua, energía y demás recursos siempre imprescindibles, y más en un mundo sobreexplotado y recalentado, debilitado y de resistencia menguante.
La invasión de Ucrania nos demuestra que la guerra, aunque se desarrolle en un único país, puede ser hoy un atentado contra todo el mundo. La conciencia ecologista está ya arraigada en las nuevas generaciones. Pero no tanto en la de Putin, un sátrapa que dirige el Kremlin como si fuera a la vez el KGB y la mafia (véase el revelador Los hombres de Putin, de Catherine Belton, en Península), y se ha embarcado en una invasión anacrónica, que causa los destrozos habituales y, además, dinamita esfuerzos y consensos medioambientales. La invasión de Ucrania ha trastocado la transición hacia las energías limpias. A falta de gas ruso, el carbón y las nucleares vuelven a estar­ sobre la mesa en Euro­pa, cuando meses atrás eran considerados fuentes amortizadas y de coste ecológico inasumible.
No es tiempo para guerras. Ni civiles ni internacionales, ni étnicas ni de conquista, ni de relámpago ni de desgaste. Porque cualquier rival particular encoge a ojos vista si los comparamos con el gran rival colectivo, ineludible, y quién sabe si a estas alturas ya imbatible, que es la destrucción del planeta alentada por la codicia, la discordia y la estupidez.
Nunca debería ser tiempo para guerras, salvo cuando el tirano trata de imponer su ley: la idea de guerrear para conquistar un país a costa de la vida de sus habitantes –y de la de los propios– es una broma macabra. Decía Bertrand Russell, encarcelado por mantenerse firme en su pacifismo, que si el hombre no acaba con la guerra, la guerra acabará con él. Hoy quizás diría que si los seres humanos se obcecan en peleas vecinales, en lugar de unirse para derrotar al enemigo común que es la crisis climática, está acabará con todos nosotros.

(Publicado en "La Vanguardia" el 25 de septiembre de 2022)