Se llama Política, pero debería llamarse Tribunales. He aquí una frase que los compañeros de Política de La Vanguardia repiten estos días refiriéndose al nombre de su sección. La repiten porque en sus páginas se amontonan noticias sobre los procesos del caso Nóos o de las tarjetas black, sobre la trama Gürtel, la del 3%, el caso Palau, el Pretoria, los inhabilitados del 9-N y demás. Dijo Bismarck que la política no es una ciencia, sino un arte. Pero, ante semejante repertorio judicial, diríase que tiene más de picaresca que de ciencia, y poco o nada de arte, pese a que hace falta mucho para ejercerla como es debido; es decir, en pro del bien común.

Estos y otros casos no nos pillan por sorpresa, porque  vienen de lejos. Pero su profusión abruma. La corrupción afecta a todos los partidos que tienen o tuvieron poder. Ha dañado de modo constante al PP (casos Naseiro, Bárcenas, operación Púnica, etcétera), ha desacreditado al PSOE (caso Filesa, caso de los ERE de Andalucía, etcétera) y ha maculado a CDC (empezando por los negocios de los hijos de Jordi Pujol y siguiendo hasta la enredada madeja del 3%, etcétera). Desde la transición, la justicia ha visto unos dos mil casos vinculados a instituciones estatales, autonómicas, provinciales o locales.

Aunque hay ovejas negras –también las hay blancas– en todos los rebaños, los imputados de tales causas suelen responder a las acusaciones con medias verdades y evasivas o señalando las faltas del rival con la vana esperanza de que tapen las suyas. Esta reiterada costumbre propicia meritorios récords de desfachatez política, mientras incrementa la fatiga de los ciudadanos y mina su confianza en el sistema. Es sabido que quienes se aferran a una bandera siempre hallan disculpa  para las fechorías de los suyos. Por eso, en lugar de creerles, quizás sea mejor tratar de averiguar y analizar aquí los motivos que les impulsan, primero, a equivocarse y, luego, a justificarse.

Si nos ceñimos a los casos más recientes hallaremos, al menos, tres patrones de conducta para una taxonomía: el de quienes creen que, dada su posición, todo les está permitido; el de los descamisados que sienten envidia, emergen a codazos desde niveles inferiores y se abalanzan sobre un trozo del pastel. Y, por último, el de quienes están convencidos de que todo vale por la patria, ya sea meter mano en la caja, burlar la ley o instalarse en el desacato.

Al primer grupo pertenecerían condenados como Iñaki Urdangarin, Miguel Blesa o Rodrigo Rato. Es decir, tipos que por el mero hecho de habitar en las clases altas creen que el mundo les pertenece. Este tipo de convicción carece de todo fundamento. Quienes la tienen y la ponen en práctica se exponen a castigos severos. Porque aquellos que por formación, medios y oportunidades deberían ser intachables no pueden comportarse, en ningún caso, como  egoístas, ventajistas y gorrones.

Al segundo grupo pertenecerían sujetos como Francisco Correa o El Bigotes, que acaso deslumbrados por los abusos de los privilegiados, optan por medrar, infiltrarse por las grietas del sistema y contribuir a su voladura ética, esta vez desde la base. Son advenedizos, arribistas, tipos que emigraron a la capital para buscarse la vida, acaban pillando cacho y son incluso invitados a los saraos de la élite.

Al tercer grupo pertenecerían los que se saltan las normas políticas y económicas que rigen la convivencia arropándose en una bandera, y proclamándose al servicio de una misión supuestamente prioritaria. Salvando todas las distancias, eso es lo mismo que hacían Elwood Blues (Dan Akroyd) y Jake Blues (John Belushi) en la película The Blues Brothers, cuando el primero recoge al segundo al salir de la cárcel y le convence para reunir a su banda musical, salir de gira, ganar dinero y donarlo a un orfanato. “No nos atraparán. Estamos en una misión de Dios”, le dice el iluminado Elwood a Jake mientras corren en su coche perseguidos por la policía.

En Catalunya conocemos bien esta vía de acceso a los tribunales, cabalgando misiones divinas o patrióticas. Los independentistas creen que están en una misión que les permite astucias, faltas o delitos. A veces, como en el caso Palau, aún a riesgo de pudrir todas las manzanas reunidas en el mismo cesto: constructoras, padres de la patria y mangantes de toda la vida. A veces, desoyendo las leyes y mostrando arrogancia ante los jueces, como Francesc Homs. A veces, congelando el país en un fotograma, como si el proceso independentista fuera lo único relevante en la vida de los catalanes. (Cierro los ojos y veo a Mas y Homs, con traje negro, corbata, sombrero y gafas de sol, en un coche a toda pastilla, como Elwood y Jake).

Los jefes independentistas harían bien en recordar, si la doctrina que nubla su sensatez todavía no la ha  anulado, que la política tiene más de gestión y servicio a toda la sociedad que de misión partidista,  de apostolado o de caldo de cultivo del chanchullo.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de marzo de 2017)