“Media junkies”

13.03.2016 | Opinión

Ya está casi todo inventado. Creía haber alumbrado un neologismo, y además en inglés: media junkie. O sea, una fusión de media y de junkie; de medios de comunicación y de adicto. Pero he navegado un poco por internet y he hallado un diccionario donde se asocia esta voz a una persona versada en el uso de ordenadores, internet, redes sociales, móviles, videojuegos, etcétera.

Mi acepción era otra. Denominaba a esos políticos que están enganchados a los medios de comunicación, donde nos largan discursos y declaraciones, diatribas y soflamas, alocuciones a la tropa y mensajes evangelizadores. Sin tregua. Uno tras otro. Sin darse cuenta de que la sobreexposición quema; de que el abuso de esas tribunas, ya sean públicas o privadas, pero casi siempre utilizadas a modo de púlpito, resulta contraproducente.

¿Les importa eso? ¡Qué va! Toda peana les motiva. Diarios, teles, radios… Embriagados por la notoriedad, han olvidado que en la época de la híper comunicación, de los tuits y los retuits, el objetivo que alcanzan es opuesto al deseado. Quizás fidelicen a su parroquia. Pero al resto lo ponen en contra. E incluso en fuga.

Supongamos que hablo, por ejemplo, de Pablo Iglesias. Se abrió camino gallardamente en tertulias hostiles, y acreditó habilidad leninista para capitalizar en favor de su formación el clamor diverso de los indignados del 15-M. Pero se ha convertido –o así se lo parece a un número creciente de ciudadanos– en un tipo arrogante, supuestamente sobrado, encantado de haberse conocido, que lo mismo confunde el Congreso de los Diputados con un tribunal popular que con el club de la comedia. O supongamos que hablo, por ejemplo, de Oriol Junqueras. Algunos le descubrimos en un programa televisivo, donde ejercía de historiador de guardia. Aquel grandullón que transmitía cierta bonhomía se ha convertido, gracias a una pertinaz campaña de ocupación de los medios, en un orador estomagante, que repite cual autómata su letanía, como si su audiencia se compusiera sólo de creyentes o de párvulos. Y quien dice Iglesias o Junqueras dice Mas, o su discípulo Homs, o el inexplicable Rufián, o cualquiera de los vendedores de mundos mejores. La táctica de unos y otros es recurrente: ocupa el espacio sonoro y visual de los medios siempre que puedas, porque mientras tu lo hagas no lo hará el rival. Y así es, prodigándose tanto y con atractivo menguante, como van perdiendo favor popular.

En mis sueños más delirantes imagino un planeta donde los políticos sólo toman la palabra cuando tienen algo novedoso o interesante que decir. Y, entre discurso y discurso, dedican semanas o meses a la lectura de El arte de callar, obra señera del abate Dinouart (siglo XVIII) que Siruela acaba de verter al castellano. Otros sueñan, con mayor frecuencia, que les toca la lotería. Igualmente en vano: los sueños, como dijo el Segismundo de Calderón, sueños son.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 13 de marzo de 2016)