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Marsella, en reconstrucción

13.01.2013 | Crítica de arquitectura

Marsella se estrenó ayer como capital europea de la cultura 2013. Lo hizo con una fiesta de luz y sonido, que combinó un excepcional abanico de iluminaciones, sones operísticos, musicales o navales (y también orgásmicos, o meros gritos pelados) con espectaculares fuegos artificiales. Y continuará con un programa de actividades culturales que se prolongará todo el año, en Marsella y ciudades vecinas.

Además de programar miles de actividades efímeras, Marsella ha apostado fuerte por la arquitectura de autor. La ciudad cuenta ya con una obra clave, como es la Unité d’Habitation. Le Corbusier la construyó en estado de gracia entre 1947 y 1952, sentando las bases para una tipología de bloque de apartamentos de vocación comunitaria y, de paso, para la corriente brutalista.

Pero dejando a un lado este edificio, Marsella se caracteriza por ser una ciudad extensa aunque también abigarrada, donde el bello tono dorado que sus construcciones de piedra de Cassis adquieren al atardecer no basta para ocultar los efectos del descuido, la suciedad y los atascos. La capitalidad cultural de 2013 es una buena ocasión para combatir todo eso, empezando por los puertos, que en Marsella tienen una importancia singular y ahora son escenario de las principales operaciones. Entre todas ellas, acaso la más visible sea la llevada a cabo por Norman Foster, con la ayuda del paisajista Michel Desvigne, en el puerto Viejo. Más que de edificar, aquí se trataba de reconquistar espacio público. Y así ha empezado a hacerse. Los muelles que durante decenios habían sido colonizados por automóviles, bares, talleres para el mantenimiento de las embarcaciones y demás son ahora una inmensa explanada vacía de estorbos y casi de mobiliario urbano, recuperada para el paseo. Los talleres han sido situados en construcciones de madera que flotan sobre un pantalán. Tan sólo unos finos mástiles con lámparas, una higuera preexistente y un umbráculo multiusos diseñado por Foster, de casi mil metros cuadrados, revestido de aluminio y con funciones de enorme espejo, convivirán allí con los ocasionales puestos de venta de pescados. La piedra elegida para pavimentar esta enorme superficie es un granito claro de Madrid, que según Desvignes “le da un aire delicado”.

Sobre la embocadura del vecino puerto de La Joliette se levantan dos piezas que se acabarán en los próximos meses y, a diferencia de la de Foster, exhiben clara voluntad de afirmación, además de rumbosos presupuestos de 160 y 70 millones de euros (siendo el global destinado a eventos de la capitalidad de unos 100 millones). Son el Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo (Mucem), del marsellés Rudy Ricciotti, y la Villa Mediterránea, del italiano Stefano Boeri. El Mucem, primer museo nacional que deja París por otra ciudad francesa, es un cubo de 72 metros de lado en planta y 18 de altura. Ricciotti, quizás el arquitecto francés más en boga, es un profesional expresivo e imprevisible, dado al desarrollo de materiales y de formas con identidad. En el Mucem, de 15.000 metros cuadrados, ha envuelto las dos fachadas soleadas con una celosía de hormigón oscuro, de dibujo abstracto aunque relacionado con la estructura del coral. Las otras dos fachadas están cerradas con un anodino muro cortina. En el interior, goza de amplios espacios expositivos, un restaurante con vistas privilegiadas y una pasarela perimetral suspendida entre la celosía y la parte interior del edificio, que propone un recorrido descendente desde el fuerte de Saint Jean hasta el muelle. Mención aparte merecen las dos pasarelas de hormigón diseñadas por Ricciotti, una de 76 metros entre el Mucem y Saint Jean, y otra de fuerte a ciudad.

La vocación abstracta del Mucem no se reproduce en la colindante sede de la Villa Mediterránea, que es puro símbolo: su sección imita el perfil del noray. Boeri ha diseñado un edificio que es una enorme ce ubicada en una piscina de agua marina, con la parte superior para exposiciones en voladizo de 40 metros; con la parte intermedia para oficinas y circulaciones verticales; y con la parte subacuática -la cota inferior queda a quince metros bajo el agua- destinada a auditorio y otras dependencias. Obviamente, todo ello ha exigido un alarde estructural, lo cual da que pensar sobre los costes de un edificio que, dice Boeri, “quiere dar techo al mar y representar un amarre”.

Marsella 2013 ha enrolado a otros arquitectos, como Kengo Kuma, autor del Fonds Régional d’Art Contemporain Provence Alpes Côte d’Azur. El japonés ha logrado algunos espacios meritorios, dada la estrechez e irregularidad del solar. Alguno, muy abajo en las plantas del subsuelo y poblado de gruesos pilares. Los paneles de cristal que ornan las fachadas no ayudan a mejorar la impresión que causa el edificio.

Junto a estas propuestas y a algunas rehabilitaciones, como la del palacio Longchamp, Marsella ha apostado también por las recuperaciones más elementales. Verbigracia, las dependencias portuarias J1 reconvertidas por un año en macroespacios expositivos. O la Friche de la Belle de Mai (fábrica de creación) , ubicada en una antigua fábrica de tabacos con 45.000 metros cuadrados. Matthieu Poitevin, su coautor con Pascal Reynaud, indica que su labor se ha basado en abrir calles en los espacios industriales para convertirlos en ciudad creativa. “Ha sido -dice- un ejercicio expe rimental, buscando el contacto entre lo abierto y lo cerrado, y llevando la arquitectura por otros caminos”. La torre Panorama, de nueva planta, corona el equipamiento.

Pese al interés de algunas piezas comentadas, Marsella dista de haber completado su renovación arquitectónica. Ahora bien, su compromiso mediterráneo es firme. El año cultural de Marsella acabará con el 2013. Pero su vocación de capital mediterránea va más allá. “Un edificio como la Villa Mediterránea -dijo Michel Vauzelle, presidente regional- será decisivo para que Marsella se constituya en el gran centro de encuentro por la paz y la solidaridad en un Mediterráneo donde conviven las primaveras árabes y una Europa en crisis”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 13 de enero de 2013)

Foto Julia