“Le chéval d’Amaury sort indemne d’un accident”. El diario Libération anunció en portada el 3 de enero de 1977, con este titular salvaje, la muerte del fundador y propietario de Le Parisien Libéré, tras caerse de su caballo Chovan d’Ive en el bosque de Gentilly. El subtítulo remachaba el clavo de la incorrección política como sigue: “Le cavalier, propiétaire du Parisien Libéré, n’a pas survécu à ses blesures”. Cuesta imaginar un ninguneo más insolente.

Émilien Amaury se había ganado el aprecio de los periódicos de izquierdas tras tres meses de pulso con su plantilla, en lo que fue la huelga más larga del sector. Si el titular de Libération fue tildado de grosero por el establishment, el de Charlie Hebdo lo superó: “Un salaud est mort”. ¡Qué tiempos!

Algunos grandes hombres anudan relaciones con sus monturas que les sobreviven. Alejandro Magno quiso tanto a Bucéfalo que bautizó una ciudad como Alejandría Bucéfala, uniendo su nombre al de un rocín cuyas virtudes cantaron Plinio el Viejo y Plutarco. Napoleón Bonaparte, que en su establo podía elegir entre 130 caballos, sintió debilidad por el purasangre árabe Marengo, así nombrado por su victoria en la ciudad homónima italiana. Amaury y Chovan d’Ive, que tuvieron su momento de gloria (fúnebre) hace medio siglo, se han perdido ya en la bruma de la historia. Pero los nombres de Napoleón y Marengo siguen resonando hoy, dos siglos después de la muerte del pequeño gran corso.

Napoleón y Marengo solo se separaron a raíz de la derrota de Waterloo, que apuntilló el imperio. Napoleón emprendió entonces el camino de su exilio definitivo en la isla de Santa Elena, en el Atlántico sur. Y Marengo fue capturado por las tropas del duque de Wellington, que lo llevaron a Inglaterra como trofeo de guerra. El jamelgo, a cuyos lomos el emperador había vencido en Austerlitz, Jena o Wagram, tenía 22 años, había sido herido varias veces y no estaba para muchos trotes. Pero los ingleses lograron curarlo y que viviera dieciséis años más. Cuando al fin murió, conservaron su esqueleto. Ahora puede verse, junto a un busto de Napoleón, una casaca de Wellington y demás memorabilia en la sala del National Army Museum en Londres que evoca la batalla de Waterloo, librada allí donde hoy vive trasterrado un expresidente catalán.

Los huesos de Marengo o, mejor dicho, su fiel reproducción 3D en plástico, obra del creador Pascal Convert, están dando mucho que hablar estos días en que Francia celebra el bicentenario de Bonaparte. Porque Convert, invitado oficialmente junto a otros treinta artistas a homenajear a Bonaparte, ha concebido y ejecutado una obra que consiste en colgar la reproducción de la osamenta del corcel sobre la tumba de cuarcita roja del emperador, bajo la cúpula de los Inválidos, en París. Lo cual es, según los turiferarios de Na­po­león, una grave ofensa a su memoria.

Convert se defiende diciendo que su obra no ofende y evoca ritos funerarios ancestrales (algunos guerreros galos fueron enterrados con sus jumentos). Y ve en el esqueleto de plástico un vehículo celeste en tránsito hacia la inmortalidad, a la vez que refleja la ascensión y caída del emperador, ser humano al fin y al cabo. La vida misma, vamos. Pero los celadores de la llama napoleónica son insensibles a esta visión y refractarios al lenguaje del arte contemporáneo. Opinan que los huesos de un caballo, aunque se parezcan a los de Marengo, no deben sobrevolar la tumba de Napoleón. Y hasta aquí hemos llegado.

O no. Porque bajo la disputa supuestamente artística yacen otras consideraciones, que  invitan a reflexionar. Primero, sobre la pertinencia de abundar en el recuerdo del emperador, que dio días de gloria a Francia, pero fue también un dictador político, un militar tirando a carnicero –empezando por los cinco millones de franceses que murieron a sus órdenes– y el restaurador en 1802 de la esclavitud abolida por la Revolución; es decir, que tiene luces y sombras, defensores y críticos. Y, segundo, sobre la  relativa inutilidad, en general, de mirar atrás todo el rato, buscando amparo en glorias pretéritas, con la de líos que tenemos por resolver y la imposibilidad de hacerlo, en esta sociedad biempensante, a la manera expeditiva de Napoleón.

¿Saldrá Marengo indemne (políticamente) de esta controversia? Sí, como ya salió Chovan d’Ive indemne (físicamente) de la suya. ¿Saldrá indemne Napoleón? No. Y acaso no salga indemne el presidente Macron, que –a diferencia de Chirac o Villepin, que evitaron celebrar el bicentenario de Austerlitz para que no les acusaran de honrar a un esclavista– discurseó el miércoles en los Inválidos ante la tumba del difunto con toda la pompa que hacía al caso, midiendo sus palabras, sí, pero sin ocultar los rasgos menos favorecedores de Napoleón. ¿Tienen mucho sentido este tipo de homenajes?

 

 (Publicado en “La Vanguardia” el 9 de mayo de 2021)